viernes, 15 de abril de 2016

LILIANA


Hoy vi luego de muchos años a la niña de la estaba enamorado hace ya mucho tiempo, cuando aún escolar no entendía el entramado del amor. Y la vi hecha una mujer, con esos mismos rasgos de niña que aún recuerdo que me hacía imaginar tiernas cosas de niño, cuando la miraba cada día a la hora del recreo sin nunca atreverme siquiera a acercarme donde estaba para saludarla o molestarla como solía hacer a las demás niñas quienes no eran la gran cosa para mí. Pero ella era diferente era única tenía la magia, el aura, el resplandor, el misterio, la mística que en otras niñas de nuestra edad no veía, y eso me hacía temer acercarme a ella, esas cosas tan sublimes, tan cautivantes al límite de la divinidad en mi infantil mente, hacía que me abstuviera a dirigirle la palabra, y solo me contentaba contemplándola a la distancia mientras a la hora de recreo la veía jugar con sus compañeros, mientras que yo, aunque entretenido con mis amigos de salón, no podía evitar que de vez en cuando mi mirada quedara desviada hacia el rincón donde se encontraba ella, ocupando el espacio donde reía, y se divertía, sin saber yo si quiera si se daba cuenta de que era el foco de mi atención, y yo la miraba, la contemplaba, no conocía esos sentimientos que muy dentro mío sentía, no entendía por qué mi pequeña cabecita se ponía a soñar con nubes, arcoíris, ríos, y cielos estrellados cuando me ponía a pensar en ella, en su dulce carita de ángel, tan rosadita, tan radiante de niñez y de infancia, quería muchas veces ir a hacer algo.
Nunca recuerdo haberle dirigido palabra alguna, salvo una ocasión en que hice mi primer gesto romántico del que tenga memoria.
Un día me fije que tenía en mi bolsillo un caramelo que mi abuela me había dado para ir a la escuela, así que mirándola en la hora del recreo, la vi sentada sola, parecía triste, estaba sentada sola, sin jugar como solía hacerlo con sus compañeritas, y a la distancia la miraba, y sentí como si me hubiera conectado a sus emociones. Metí la mano en mi bolsillo escolar y saqué un caramelo, y decido caminar hacia donde se encontraba. Comencé a dar los pasos, y sentía como mi corazón iba latiendo cada vez más a medida que me acercaba a ella, y mi respiración se hacía más fuerte, pero al mismo tiempo ella se iba volviendo más cercana a mí, era la primera vez que la comenzaba a ver más de cerca, ya no desde la distancia, sino a pocos pasos, y recuerdo que a cada paso que daba ella se iba volviendo más hermosa, era más linda de cerca, era mágico el momento, y a medida que me acercaba iba comenzando a sentir un leve cosquilleo en mi estómago, y continuaba dando pasos y cada vez acercándome a ella, y estando a solo un paso de ella, levantó la mirada, y por primera vez la miré a la cara fijamente:

- "Hola linda niña, veo que estás muy triste, pero aquí tengo un caramelo que espero endulce tu momento como en este momento el mirarte endulza al mío, tómalo hermosa niña, tu rostro angelical no armoniza con la tristeza"....

Bueno eso es lo que me hubiera gustado decirle, pero ese momento, solo le extendí la mano y le di el dulce en sus manos, y di media vuelta, corriendo velozmente y sin mirar atrás su reacción, corrí a esconderme en la seguridad de mi salón de clases, y luego de un momento asomé la cabeza por la ventana para mirar el lugar donde había estado, y ya no estaba en ese mismo lugar, de hecho no la ubiqué con la mirada, traté de buscarla a escondidas por todo el patio, y no la vi...
Pasaron los días seguía sin animarme a volver a acercarme a ella. Terminó el año, y a ella la cambiaron de escuela, y yo me quedé. Ocasionalmente la veía por la ciudad pero eran escazas las ocasiones.

Hoy la vi muchos años después, el tiempo no la ha demacrado, es una chica adulta y hermosa aún, y tal cual la recuerdo, pero estaba en un puesto en el mercado, lucía muy juvenil, cargando a un hermoso bebé, y por primera vez, pude conversar con ella, obviamente no de cuando éramos niños, sino de los precios y calidad de sus productos, y lo bien que lucía su niño... No sé si en el fondo ella reconoció a aquel niño que le regaló un caramelo un recreo de escuela, solo le conversaba como un extraño a una extraña, y ella de vendedora a cliente, nada rememorando hacia el pasado, en el fondo temía preguntarle por el padre de aquel hijo que cargaba en sus brazos, así que no toqué nada más que lo referente a los negocios. Y luego de pagarle, caminé a la calle, recordando la nostalgia que me causó ver a la niña hecha mujer, que fue quizá y sin saberlo, mi primer amor platónico.

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