martes, 23 de diciembre de 2014

NOSTÁLGICAS TARDES DE DROGADICCIÓN


 
Hay momentos en que mi cabeza está a punto de reventar literalmente, momentos así harían odiar al mundo, pero no puedo odiar al mundo solo por pequeñas sandeces. Momentos como estos solo hacen que quiera a algo… Oh dulce placer, cómo extraño esas bellas tardes de drogadicción con mis amigos de siempre, esos locos hijos de puta que tan chévere y alucinante compañía me hacían, ohh malditos perros, putamare los extraño como mierda malditos cabrones estén donde estén mis estimados Panzón, Pelacho, Nro1 y Nro 2.

Extraño esos tiempos, extraño esos días, extraño esas tardes.

Cuando el día se tornaba aburrido, yo sabía tomaría otro rumbo cuando los escuchaba desde fuera de mi casa gritar mi nombre clave “GUEO!!!” cuando estaban misios, o llamarme al fijo cuando no lo estaban, pero nunca, nunca se atrevían a llamar a la puerta de mi casa, porque temían a mi madre. Ella los consideraba mala influencia para mí, cuando en realidad fui yo la mala influencia para ellos.

Entonces yo salía a la calle y ellos solo con la mirada me indicaban que los siguiera.

Esas tardes las recuerdo como mágicas, y nostálgicas, con el sol, el calor, el viento que movía las hojas de los árboles, el polvo que se respiraba por esa calle sin pavimentar, las radios a todo volumen sonando de los vecinos, unos escuchando noticias, otros escuchando reggaetón, y uno que otro de buen gusto, escuchando buen rock, aunque ahora que lo pienso ninguno escuchaba a Led Zeppelin…. En fin.

La ciudad era grande, y aunque había cientos de sitios a donde ir, preferíamos ir a nuestro rincón que ahora ya no existe porque fue demolido y sobre el que fue levantado una construcción, pero entonces era una vereda oculta bajo la espesa vegetación de Ficus, un lugar casi no transitado ni en las tarde ni en las noches, decía la gente que era peligroso ir por ahí, que era rincón de “Fumones”, y precisamente ese era nuestro rincón, éramos unos fumones, pero no “LOS FUMONES” a los que se referían la gente, esos eran la verdadera lacra de la sociedad, drogadictos, maleantes, delincuentes y violadores, mientras nosotros precisamente aún no habíamos caído tan bajo porque estudiábamos y trabajábamos y no necesitábamos violar a nadie para conseguir sexo.

Íbamos ahí, y nosotros pobres ingenuos, prendíamos un cigarro previo a lo verdaderamente bueno, para según nosotros disimular el olor de la “maría”, aunque hasta ahora nunca supimos si era efectivo.

Y entonces abríamos con la delicadeza de cirujano el paquetito que contenía la mercancía; una leve brisa bastaba para elevar el peculiar olor a nuestro desarrollado sentido olfativo, y vaya que con simple el olor podíamos predecir que tan buen viaje íbamos a tener; armábamos el material bélico en nuestro inseparable PIPO, y con el fuego de vida se encendía la diversión, comenzaba nuestro ritual de pichanguear: primero tú, luego el, después yo, luego tú, luego el, y nuevamente yo, hasta acabarlo… una vez terminado, nos levantábamos y comenzábamos a caminar por la calle, estoneados, idiotizados, alucinados, endurecidos, marihuanados, durasos, dopadasos, anonadados, voladasos, astronautizados, locasos, drogadasos, pero inofensivos… y entonces así comenzaba nuestra típica tarde de drogadicción; y recorríamos la calle, como el escuadrón vaquero que nos alucinábamos con nuestra cara de zombies perdidos, y al caminar veíamos al mundo de una perspectiva graciosa, nuestros sentidos agudizados veían a cada persona idealizada, a unos, payasos, a otros vejestorios arrugados por la experiencia, a las niñas un futuro manjar a ser comidos, a los estudiantes unos futuros profesionales o futuros delincuentes violadores drogadictos asesinos, padres infieles golpeadores de sus mujeres, estafadores, o posiblemente al futuro presidente, alcalde congresista que para el caso era lo mismo, y a otros tal vez un gran científico o hasta a ese, el futuro ganador del premio nobel.

Y el mundo alrededor nuestro sintonizaba en una frecuencia de armonía, música cada ruido, pasión cada sentimiento, poesía cada comentario.

No podíamos comprender por qué las personas se hacían tanto problema por la vida, porqué nadie simplemente no vivía feliz con lo que tenía, y caminábamos por unas calles coloridas, unas calles graciosas y de formas divertidas, de vez en cuando algo nos llamaba la atención.

 

      Mira que gracioso pajarito ese, ¿se cansó de volar?, nos está mirando, eh creo que nos va a delatar hay que derribarlo…. se dio cuenta y se fué….

–– Eh, miren cómo esta mosca se frota las manos mientras nos mira, algo trama, me parece sospechoso, hay que interrogarlo, pero cuidado que se nos está escapando, maldición se nos ha ido…

–– Oigan ese perro nos está mirando, ¿será que sabe nuestro secreto?, ¿el pajarito le habrá contado?, o la mosca traidora seguro nos ha delatado… maldición el perro nos está mostrando los colmillos, será mejor tomar otro camino antes que hable con un humano….”.

 

Pero lo más común era echarse en algún pasto simplemente a ver el cielo y a descifrar qué mensaje oculto hay en el cielo.

Creíamos que en las abstractas formas de las nubes, Dios había encriptado un mensaje, ¿el conocimiento supremo tal vez, el sentido de la vida, el elixir de la juventud? O tal vez esas formas extrañas de las nubes en el cielo, eran el alfabeto de Dios con el que escribía en el cielo las verdades absolutas, y que aún nadie descifraba, y esperaba que alguien como nosotros, inspirados por una planta de marihuana (que por cierto Él creó), las descifrara. Pero mientras estábamos fumados, de algo estábamos seguros, de que debíamos mirar las nubes y descifrar el misterio que encerraba el cielo. Era la palabra de Dios, así que ¡¡¡Vamos, hay que descifrarlo!!!

 
Qué tardes aquellas... Pero miro mi escritorio y me doy cuenta que tengo trabajo que hacer… Ni hablar, de vuelta a la vieja andanza, de regreso a la normalidad, pero antes de eso, me dio por escribir esto, y aquí estoy y aquí termino…. Luego iré a fumarme un cigarrillo para evocar mis nostálgicas tardes de drogadicción de antaño mirando al esmaltado cielo con innumerables chispas, todas de fuego y resplandecientes, con cuya contemplación me bañaré de sueños.

domingo, 14 de diciembre de 2014

JAZMIN



En un día de total aburrimiento, en que no tenía nada que hacer (qué novedad), fui como suelo hacer en días aquellos en que no tengo weed, al cabaret de la ciudad.
Estaban las chicas como en un escaparate de pie a la puerta de su habitación. Y ahí la vi, resaltando entre las demás, de oscura mirada, fino rostro, lisa cabellera larga, rojos labios gruesos, enigmática sonrisa coqueta, fino rostro de mármol, si la hubiese visto en cualquier otro lugar, habría pensado que era una princesa de algún reino, pero era evidente lo evidente, pero así, ella tenía algún tipo de magnetismo que hacía que no pudiera evitar dejar de mirarla, de manera que aunque recorría la mirada por las demás chicas, mi mirada, como atraída por un potente imán,  nuevamente regresaba a ella. Y la esbeltez de su cuerpo, la sensualidad de su mirada, su figura de hada, mis copas pasadas, y el deseo que provocaba, hizo que entrara a su alcoba.
Como pocas veces ocurre, al ver que era una mujer muy hermosa, decidí tratarla diferente, ya no como lo que era, sino como a una mujer, a una dama, y decidí ser amable con ella, la traté como a un ser humano, ya no como un objeto que me brindaba satisfacción sexual a cambio de una remuneración.

¿Qué decirle?
Me di cuenta que muchas veces las palabras no son necesarias para transmitir nuestras intenciones, basta con una mirada y una sonrisa constante para cautivar, deje de lado mi común mirada altanera, y puse mi tono de voz más tierno, ella por su parte, por los requerimientos propios de su oficio, tenía un trato amigable y un carisma único que poco mostraban la mayoría de las chicas que como ellas vendían placer.

Ya lo nuestro no consistió en una mera relación contractual, me hice amigo de aquella prostituta, desafiando los prejuicios de cualquiera. Me dijo que ella no quería sentirse sola en esta ciudad, que siempre dada la condición misma de su oficio, debe viajar de ciudad en ciudad, ya que luego de un tiempo, según me contaba, la frecuencia de sus servicios eran cada vez menos requeridos entre los clientes habituales, y me explicó que en ese trabajo, la popularidad entre los parroquianos era inversamente proporcional al tiempo en que permanecía en una misma ciudad, es decir que al llegar a una ciudad, era la más demandada, traduciéndose eso en altas ganancias, pero que luego, transcurrido el tiempo, como que se aburrían, y su tasa de ingresos era menor, motivo por el cual cada cierto tiempo, que podría ser uno o dos meses, debería ir a ejercer su oficio en otra ciudad, hasta que luego un día, según me contó, pueda volver a su hogar, y aparentar vivir una vida como los demás.
Me decía que en el lugar donde me conoció, el cabaret de la ciudad, era un lugar frio y sombrío, donde sus compañeras la celaban por ser ella la más hermosa, y donde sus clientes la trataban como objeto de placer, y que debía tolerar aquello porque eran los riesgos del mundo en que le toco vivir. Me dijo que quería volver a sentir esa sensación de nuevamente ser tratada como una persona, de tener un amigo que la hiciera sentir bien, con quien conversar y ser escuchada, me dijo que yo era de los pocos que la hacían sentir en confianza, como una amiga y así, me dijo, que no quería que fuera la última vez que me viera, que durante su estancia, fingiera ser su compañero, cada día al salir del cabaret. Me hice amante de esa prostituta.

Cada día a partir de las diez de la noche, la iba a visitar a su cuarto en aquel hotel, y ella como cada día me recibía, diciéndome que el día había sido muy agotador, y quería abrazarme, quería que juguemos a los enamorados, y que juguemos al juego en que yo olvidaba lo que en verdad era evidente a lo que se había dedicado durante todo el día. Y durante el resto de la noche, ella hacia conmigo, lo que hacía con otros a cambio de dinero, y juntos jugábamos a los amantes y vaya experiencia que tenía. Y al amanecer yo regresaba a casa, y ella al trabajo, a un nuevo jornal.
Nunca me hablo de su vida privada, y yo comprendía el por qué, pero lo poco que me pudo contar, me permitió deducir en parte, los motivos por el que ella había terminado en la prostitución.

Me contó que tenía un padrastro, y que el abusaba de ella hasta haberla dejado embarazada, dejo el colegio, y dado el estigma de haber sido víctima de violación, y sin estudios concluidos, ella no podía ejercer algún tipo de oficio que le ayudara a salir adelante, sumado al hecho de tener que cuidar a un hijo, no vio como una opción el buscarse un marido para que se hiciera cargo de ella, se juró a si misma que nunca se permitiría vivir bajo la dependencia de un hombre, y quien sabe por qué motivos que nunca juzgué, vio en la prostitución, una forma rentable, aunque socialmente condenable de subsistir y brindarle lo mejor a su hijo.

Era muy inteligente para ser lo que hacía.
Su inteligencia y refinada comprensión de su entorno me sorprendió, y hasta era alguien emprendedora.

–¿No te molesta que te digan puta?      
–Claro que me molesta – me respondió – puta es aquella que regala su vagina a cualquier inútil, yo en cambio soy una empresaria.
 
Me contó que tenía planes para su futuro. Ella era consciente de que La juventud es la época dorada para su oficio. Y yo le daba la razón, pues muchas veces veía en los cabarets, meretrices que rondaban los 30 a 40 años, en los rincones de los locales, ignoradas por los parroquianos, quienes prefieren siempre a las más jóvenes y hermosas. Ella era consciente de ello, se daba cuenta de que el tiempo jugaba en su contra, su trabajo era irónicamente inverso a cualquier otro.

En cualquier otro trabajo, uno preferiría contratar los servicios de aquella persona que tenga una mayor edad dada la experiencia, sin embargo en el caso de las prostitución ocurre todo lo contrario, mientras más edad tengan, menos son requeridos sus servicios, mientras más jóvenes mejor, mientras mayores, poco.
Obviamente teniendo ella en cuenta eso, no pensaba dedicarse toda la vida a ese trabajo, me dijo que por ahora, por su poca edad, todo le iba bien, aunque sabía que no siempre le iría así, por lo que una vez reunido lo suficiente, regresaría a su ciudad y construiría su sueño, fundar su restaurant, para así darle un buen futuro a su hijo, y nunca más volver a hacer lo que ahora hace, ni depender de un marido.

Decía ella que en su trabajo jamás besaba a ninguno de sus clientes, sus labios era la única parte de su cuerpo que no estaba a la venta, los besos ella se los reservaba para las personas especiales, como yo, como a su pequeño hijo que la esperaba en algún lugar que nunca me dijo, y para aquel hombre a quien quizás llegue a amar.
Nunca supe su verdadero nombre pero fui, durante dos semanas el amante de una prostituta, ¿cómo pude sobrellevar eso?, muy fácil, simplemente aplicando la filosofía que he seguido cada vez que me embarco en cualquier aventura.

           Mis tres reglas:
        1)No enamorarme.
        2)No ser celoso
        3)Esperar mi turno

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