sábado, 17 de junio de 2017

UN CHICO EN LA OTRA ORILLA



Caminando solitario por la orilla del río, en un día de nostálgica tarde, me adentré por senderos poco recorridos, y avanzando por la orilla derecha del río iba siguiendo su cauce, siguiendo la corriente, respiraba el mágico viento de una tarde soleada, escuchando el canto de aves e insectos que manifestaban de su existir al creador, y al divisar a la orilla opuesta, caminando a un joven veo por allí, en medio del bosque, por la orilla igual que yo, sin rumbo, pero serio, meditabundo, con una mirada fija en alguna cosa imaginaria en el inmenso cielo y camina, sereno, pensativo, le sigo con la mirada ocultándome entre los arbustos, y le veo llegar a una playa de arena en una curva del río, ¿cómo demonios llegó ahí?.
Ya en esa playa de arena ribereña, le veo caminar en círculo, va y viene dentro del área de aquella playa, y a pesar que nos separa el ancho río, puedo ver algo enigmático a ese joven, y a la vez un magnetismo extraño hace que sea inevitable quitarle la mirada a la distancia, y de lejos lo comienzo a observar, me oculto entre la maleza, y él, concentrado en no sé qué pensamientos de ir y venir, seguramente no notara mi presencia.
Y lo observo, a pesar de la distancia que nos separa, noto que es joven, delgado, aparenta por lo menos 24 años, tez blanca, tiene abundante cabello, con un flequillo tapándole la frente, el cabello le cubre las orejas, muy atractivo de rostro, viste un polo blanco, un jean azul desgastado, está descalzo, tal vez para poder sentir la playa bajo sus pies. En un rincón de la playa logro ver un bulto que resalta de la gris arena, diría que es su mochila, y sus zapatillas que se sacó para sentirse cómodo en esa playa.
Ahora que observo con más detenimiento, esa playa donde él se halla, me resulta muy familiar, a mi mente arriban recuerdos que hallo inexplicables, de algo haberlo vivido, pero recuerdos que son alegres momentos, los más de mi infancia y muy memorables, pero que al evocarlos al presente, trae consigo la nostalgia de ver idos esos felices momentos.
Y una lágrima desciende por mi mejilla derecha. Y continúo observando al jovenzuelo de la orilla opuesta.
Sigue allí en su ir y venir, caminando en grandes círculos sobre la arena, absorto, sumido en lo que parece un trance, su semblante muestra gran preocupación, luego se detiene, está quieto, mira al suelo a un punto fijo, comienza a dibujar algo al aire con el dedo índice mientras murmura, diría que hablando en voz baja, como para sí mismo.
Luego, como si en un sueño habría estado, despierta, toma conciencia de dónde está y camina buscando algo en la playa, fija su mirada en algo que está en el suelo, lo levanta, era una roca, lo coge y con fuerza lo lanza al río, veo la roca atravesar en su trayectoria parabólica el espacio, luego de su máximo ascenso, se precipita, cae al río, y chapotea en el agua, observo los anillos de la onda expansiva crecer y desparecer en la corriente del río.
Aquel chapoteo en el agua, trae a mi mente el recuerdo del efecto que produce algo que cae al agua, el mismo que hacen los peces cuando atrapan algo que sobre la superficie va flotando, y recuerdo los días en que hacíamos salidas de pesca con mis amigos en la canoa de mi tío, a relajarnos, como un juego en tardes de aventura, íbamos luego de planearlo durante la semana.
Número 01 y número 02: Her y Julio, si, aquel dúo con el que crecí, y juntos planificábamos nuestras excursiones, aventurescas salidas de pesca con más o menos 3 días o una semana de planificación anticipada, íbamos planeando los detalles: qué llevar, y qué hora salir para llegar a en el mejor momento, y sobre el mejor lugar a donde iremos.
Comprábamos cigarrillos (infaltable), una cajetilla de 20 unidades, algo de comer, hilo de pescar, y tripas de pollo para nuestra carnada.
Luego simplemente llegábamos, nos reportábamos a mi tío, nos prestaba la canoa e íbamos a explorar el rio, sea aguas arribas o aguas abajo, buscando el lugar más tranquilo y el más apartado posible para pescar, en este lado del río o en la otra orilla.
Aunque no importaba si atrapábamos o no algún pez, la pasábamos genial, recuerdo que yo nunca pude pescar ninguno en aquellas salidas, y mis dos amigos no pescaban más que uno pequeño, y solo uno de ellos a la vez, que no eran por cierto grandes ejemplares como el de uno experto en la pesca. Pero una victoria, un trofeo al fin, quizás una victoria pírrica, no importaba los peces atrapados, importaba los momentos que quedaron en nuestro recuerdo, estampados hasta la posteridad de nuestros días.
Creo que nuestro fracaso en la pesca era, porque pasábamos la mayor parte del tiempo conversando sobre trivialidades de adolescentes, y ya viendo que el tiempo pasaba sin pescar ni un solo pez, solíamos decir: “Ya, silencio para poder pescar”.
Aquellos silencios eran efímeros, su brevedad era plausible, de escasos minutos su durabilidad, luego surgía una idea, un evento, algún suceso que hiciera romperlo, y la conversación reanudaba, y aunque en voz baja, no dejábamos de comentar sobre nuestras ideas y aquel o aquello.
Pero estando en la canoa, además, no dejábamos tampoco de fumar los cigarrillos que llevábamos, la paciencia no era virtud de ninguno, y el aburrimiento se hacía presente al no pescar nada a medida que la tarde transcurría, y llenos de impaciencia movíamos el anzuelo muy frecuentemente, no faltaba momentos en que los peces eran más inteligentes que nosotros porque se comían la carnada, sin llegar a morder el anzuelo, y cuando lo sacábamos del río para verificar que todo siguiera bien, veíamos el metálico anzuelo, sin la carnada inicial, ni pez que lo haya mordido. Rayos, que pésimos pescadores éramos.
Aún para coronar nuestras aventura, a veces no faltaba que de al menos a uno de nosotros, el anzuelo se le quedara enredado entre las palizadas del fondo del río, si había suerte lo lográbamos sacar, sino había manera, recurríamos a cortar el hilo, resignándonos a perder el anzuelo, y debiendo conformarse el desdichado, a contemplar a los otros dos en su intento de seguir pescando, sea echándose en lo orilla fuera de la canoa, fumando un cigarrillo, observando el río correr, a las nubes crear formas abstractas sobre el celeste firmamento, o la copa de los árboles, escuchando el cantar de aves e insectos, todo matizado por las refrescantes brisas de la tarde sobre el río Mayo… Sí, eran momentos felices.

Regreso en sí, de mis recuerdos a la realidad, y sigo observando a ese chico, lo veo pensativo otra vez, inmerso en sus dubitaciones como si hubiera retornado nuevamente de sus cuestiones filosóficas, o lo que en ese momento le preocupaba solucionar. Parecía que nuevamente él volvía a entrar en sí, como si hubiera estado sumergido en un sueño y abruptamente al despertar, tomara conciencia del lugar donde se hallaba.
Ahora, esta vez parecía inquieto como si deseara descargar emociones fuertes que le presionan el pecho, y con el pie derecho, pateó la polvorienta arena seca de la playa, la cual con el viento, se elevó y creo una pequeña cortina de polvo que con el viento fue llevado como una blanca neblina que se iba desvaneciendo poco a poco cada vez mientras más lejos iba.
Y le vi acercarse a sus pertenencias, buscar algo, estaba de espaldas hacia mí, le vi rebuscar en su mochila, al parecer debido a no encontrar lo que buscaba, empezó a sacar cosas que guardaba dentro: una gorra, una libreta marrón, un balador, algunas bebidas, y luego, pareciendo haber encontrado lo que buscaba, volvió a guardarlas todas en su mochila. Con ese “algo” en la mano, se puso de pie, y nuevamente caminó hacia el río, ese “algo” al parecer, no era más que un cigarrillo, y le vi pasar la longitud del mismo por la nariz, aspirando su aroma mientras cerraba los ojos, parecía que le agradaba sentir el olor de aquel cigarrillo, y luego de haber disfrutado de aquel evidente agradable aroma, se lo llevó a los labios. Y me pude percatar además de que aquel chico, era poseedor de unos gruesos labios carnosos.
…Ver el cigarrillo hizo arribar a mi mente aquellos recuerdos en cómo iniciamos nuestros vicios, nosotros tres…
Desde niños teníamos curiosidad por fumar cigarrillos, la curiosidad nació desde que veíamos a casi todos los adultos a nuestro alrededor hacerlo.
La curiosidad de un niño es infinita, no conoce límites.
Recuerdo que cuando era niño, tenía tanto interés de probar los cigarrillos al ver que en todas las fiestas, todos, o casi la mayoría de adultos lo hacían. En realidad de niño, siempre tuve dos curiosidades respecto a lo que solía observar como un ritual común en las fiestas sociales: Beber alcohol, y fumar cigarrillos.
Mi curiosidad por el alcohol fue fácilmente aplacada, yo siempre, en toda fiesta social a la que acompañaba a mi madre, le manifesté a todo aquel adulto al que veía beber alcohol (cerveza), que quería probar aquello que los adultos bebían, y que a los niños les era negado, algunos quizás sorprendidos por la insolencia de un niño que quería tomar a tan corta edad el alcohol, me negaban hacerme beber un sorbo de su vaso, y otros, pocos pero alguno, compadeciéndose de un niño curioso, o quizás alguno siendo consiente que para un niño el sabor de la cerveza le resultaría tan desagradable que perdería ya, las ganas de tomarlo, lo hacía. Así, pues, al probarlo y sentir lo amargo que era, mi curiosidad por el alcohol fue anulado por aquella experiencia. No tenía un sabor dulce como el chocolate caliente, o un refresco o una bebida inofensiva de las que había tomado ya, y cuyo sabor era agradable al paladar.
Pero en el caso de cigarro, esta vez ninguno de ellos, ni siquiera quienes me habían hecho tomar la cerveza de su vaso, me permitían siquiera que probara la nicotina, ni siquiera una jalada del humo que todos exhalaban de los pulmones.
Pero el que todos se negaran a permitirme fumar el cigarrillo, hizo que mi mente buscara maneras de saciar mi curiosidad, sea como fuere, mi ingenio era entonces muy superior a lo que lo es ahora, una lástima, y comencé a observar el entorno, y pude notar un detalle que podría permitirme fumar de un cigarrillo, pese a la negativa de aquellos adultos de doble moral.
Recuerdo haber observado que cuando alguien estaba a punto de consumir el tabaco de su cigarrillo, lo botaba al piso aún prendido, algunos, al arrojarlo, con el pie lo aplastaban hasta apagarlo, y otros solamente lo botaban al piso aun prendido y con un poco de tabaco que se podía aún fumar. Entonces, un día estuve atento a que alguien arrojara su cigarrillo encendido para ir tras él, recogerlo, y al fin saciar mi curiosidad.
Y tal cual lo previsto, alguien lo hizo, y yo, inmediatamente, temiendo que se apagara antes de llegar a él, corrí y lo encontré en medio de las hojas secas que aún estaba encendido, yo lo junté y jubiloso de al fin podría sentir lo que todos sienten cuando fuman un cigarrillo, me emocioné, ¿qué placer podría haber en inhalar el humo de aquella cosa?, ¿por qué todos parecían disfrutar de aquello? y aún lo estaba dirigiendo hacia mis labios cuando de pronto sentí sorpresivamente que una mano me detenía sosteniéndome el brazo donde tenía el cigarrillo, y con la otra mano, me lo quitaba y lo arrojaba muy lejos. Yo, sorprendido, miré alrededor mío, veía que todos me estaban observando, diría que todos estaban admirados de la osadía e insolencia de un niño que quería fumar a tan corta edad. Y fue quizás tratando de evadir aquellas miradas inquisidoras cuando decidí mirar hacia quién era quien me sostenía y frustró mi intento de fumar a tan cerca de haberlo logrado, al levantar la mirada, era mi madre. No recuerdo si fui regañado, o me aplaudieron por mi curiosidad, lo cierto es que mi madre debió haber dicho algo a todos ellos, para que a partir de aquel momento todos se aseguraran de apagar su cigarrillo antes de arrojarlo.  Mi plan de experimentar lo que era fumar, quedó frustrado en ese entonces.
No fue hasta crecer un poco más, con cerca de ocho o los once años, que con mi primo intentábamos crear nuestros propios cigarrillos con las hojas secas de las plantas de Tabaco que por ese entonces crecían en el jardín de mi casa. Ya que no podíamos comprar cigarrillos industriales, nosotros elaborábamos el nuestro, teniendo ya el tabaco seco a nuestro alcance, solo quedaba enroscarlo en forma de cigarrillo, así que con una hoja arrancada de nuestro cuaderno de escuela envolvíamos el tabaco en él. Hacíamos el intento de succionar el humo de aquellos cigarrillos artesanales, el humo del papel de cuaderno quemado y el tabaco seco era muy desagradable, nos dejaba un muy amargo sabor en la boca, y era debido a, según asumimos, que aquel cigarro hecho por nosotros, no era igual al que se vendían en las tiendas. No es de sorprender que muchas veces fuimos sorprendidos por algún adulto y esta vez sí fuimos castigados por aquella osadía, y nos prohibieron el volver a hacerlo.
Edgar, un primo ya mucho mayor que nosotros, que sospechábamos que ya había empezado a explorar muchos más placeres de la vida que para nosotros a tan corta edad eran impensables, fue quien tuvo un papel protagónico en que nosotros tres aprendiéramos a fumar. Él tenía cigarrillos, el siendo ya mayor, los conseguía con mucha facilidad y fue con quien íbamos a que nos enseñara a como fumar, a como “golpear”. Solíamos visitarlo a su casa, él nos hablaba de música y escuchábamos de sus aventuras, sus proezas sexuales que nos dejaba absortos y que eran quizás, ahora analizándolo en retrospectiva, posiblemente exageraba demasiado para ganarse la atención de unos ingenuos niños. Nosotros pues, íbamos a la terraza de su casa y estando al aire libre y en horas de la noche, quedábamos bajo el firmamento esmaltado de estrellas, y así,  mi primo, Julio, y yo, nos sentábamos en media luna frente a Edgar quien, demostrativamente y explicando, iba paso a paso mostrándonos el bohemio y ancestral arte de fumar cigarrillos, esta vez, eran cigarrillos de verdad, y él tenía bastantes, como para que cada uno aprendiera con el suyo propio. Luego de haberlo observado, y escuchado sus instrucciones atentamente, tocaba a nosotros el intentarlo.
El primero en hacerlo fue Julio, tomo un cigarrillo, lo llevó a sus labios, lo encendió mientras yo y mi primo, lo observábamos nervioso, lo prendió sin dificultad. Muy bien – Le dijo Edgar – Ahora es el momento de Golpear con los pulmones.
Vimos a Julio, succionar el humo en la boca, y luego aspirar el humo del cigarrillo como si estuviera dando un largo suspiro… Al haber hecho eso, se le hincharon los ojos, miró al cielo y tosió como nunca en su vida lo había hecho y nunca en mi vida vi a alguien toser de esa manera tan desesperante, era como si se hubiera estando ahogando, como si el aire le faltaba, nosotros con mi primo le miramos espantados, creíamos que era el fin de nuestro amigo, y buscando que Edgar lo Auxiliara o nos dijera que hacer con Julio, sin embargo Edgar solo se reía mucho y solo decía – “Muy bien, muy bien carajo, eso es golpear, así se fuma.”
En mis recuerdos, mirando a las personas fumar, a ninguno les había pasado algo similar, siempre les veía tan natural fumar, como el mismo acto de respirar, creía que algo malo había hecho julio, o es su defecto, esos cigarrillos tenían algo muy diferente. Julio se ahogaba, le vi retorcerse de dolor, se apretaba el vientre, tosía muy fuerte, le vi escupir, casi querer vomitar, y poco a poco, iba restableciéndose, su respiración volvía a la normalidad, los ojos le comenzaron a lagrimear, se puso muy colorado, y luego le veía reír.
Luego dijo Julio que se sentía muy mareado, que la cabeza le estaba comenzando a doler, y a dar algo de vueltas. Edgar dijo que eso era normal.
Luego fue el turno de mi primo, pero él mucho más cuidadoso aspiró poco humo, “golpeó” y tosió muy fuerte, aunque menos que Julio, siempre cauteloso, fue más moderado su toser.
Luego los tres me miraron y supe que era mi turno de fumar. Yo, algo asustado por lo que vi anteriormente, me empecé a desanimar, luego, mi típico instinto de autoprotección, me dictó a decir que ya no quería, sin embargo, la fuerza opuesta, el de la curiosidad, actuaba como una pequeña voz interior que me incentivaba a continuar, así que aunque dudándolo dije que mejor ya no quería hacerlo, entonces, no recuerdo si fue Julio o Edgar quien lo dijo, pero escuché a alguien decirme: ¡¡¡FUMA MIERDA!!!, y eso me motivó finalmente a no quedarme atrás, e hizo que succionara el humo del cigarrillo.
Edgar me dijo: “Aspira profundamente”. Al hacerlo, sentí que un cuchillo se clavaba en mi pecho, era el humo entrando en mis pulmones y con mucho dolor, tosí igual que todos, mi reacción fue similar a la de Julio, mareo, nauseas, asfixia, como si una mano invisible me estuviera impidiendo respirar, era la primera vez que mis pulmones eran invadidos por el humo de cigarrillo.
Luego sentí un mareo, que hizo que me tumbara y dejara caer en el piso, observado las estrellas lejanas, en el inconmensurable espacio al que mi mirada apuntaba.
Le dije a Edgar ¿Cómo le puede gustar tanto a la gente esto?, él me dijo, “Ya te gustará”, y tuvo razón.
Regreso a la realidad, a la orilla del río, escuchando el sonido del agua correr, y continúo mirando al joven en la orilla opuesta, y miro que va fumando su cigarrillo, pero noto algo diferente, un detalle, yo que he fumado mucho, sé que un cigarro se va consumiendo lentamente, a comparación con el que ese chico estaba fumando. Veía que lo que él iba fumando, iba quemándose más rápido de lo que se esperaría que se quemara un cigarrillo normal, y que decir de la cantidad de humo que botaba el cual era muy abundante, no solo eso, aquel joven lo iba fumando de una manera muy rápida y casi precipitada, como no queriendo desperdiciar nada del humo que de aquel cigarrillo suyo salía.
Ya desde mis 14 años era un fumador recurrente, y sabía por propia experiencia que un cigarro de tabaco no se quema con tal rapidez, y no bota tanta cantidad de humo, y tampoco se fumaba una pitada tras otra sin descanso, como si no se quisiera desperdiciar nada del humo que de ese extraño cigarrillo salía. Yo sabía que era desagradable y hasta doloroso hacerlo en intervalos de tiempo tan cortos… Solo existía una explicación a aquello, basada también en mi propia experiencia; no era de tabaco el cigarro que iba fumando, me dije en sí, es de otra cosa…
Había escuchado desde siempre una palabra algo extraña, una palabra que era mencionada con cierto temor, recelo y envuelta en obscurantismo, una palabra algo exótica en el vocabulario cotidiano, y que casi la mayoría temía mencionarlo muy fuerte; una palabra que al ser pronunciada pareciera evocar o hacer referencia a una especie de deidad enigmática o algo con propiedades mágicas o sobrenaturales, una palabra cuya pronunciación y sonido hacía pensar que se trataba de algo de origen extranjero y hasta prohibido: MARIHUANA.
En el colegio escuchaba que los profesores decían aquello era malo, muy malo, malísimo, y sin embargo conocía a algunos estudiantes que lo consumían, pero yo sugestionado por el adoctrinamiento de los profesores del colegio, me había auto prohibido (sin haberlo probado) esa sustancia, por tanto no me había nacido ni la curiosidad ni la intención de probarla, ya que aquellos quienes sabía que lo consumían, eran estudiantes que estaban involucrados en vandalismos y pandillas callejeras. “Son Drogos” pensaba.
Habiendo entrado ya en mi etapa universitaria, veía que estudiantes que no eran violentos ni delincuentes, eran consumidores frecuentes de la marihuana, eran estudiantes con un carácter amable y pacífico, no eran antisociales y a diferencia de los que conocía que lo fumaban en el colegio, estos si tenían metas, sueños y eran chicos de los cuales se podría esperar muy optimistamente un futuro muy prometedor, que serían además muy útiles a la sociedad, a diferencia de los fumones de mi etapa de colegial, y aconteció pues que un paradigma estaba sufriendo en mí una gran paradoja.
¿Qué es bueno y qué es malo?, sin querer algunos de esos jóvenes, se hicieron amigos míos, los iba conociendo y no parecían ser los típicos delincuentes que estereotiparon los profesores de mi colegio respecto a los que se veían involucrados con la marihuana, pero sin embargo, a pesar de llamar a muchos de ellos mis amigos, no sentía en mi ninguna necesidad, ni ganas, ni la curiosidad  de preguntarles sobre la hierba, o siquiera sugerirles que yo quería probarlo, ellos, siendo muy conscientes de mi opinión al respecto, siempre me respetaron y ninguno intentó hacerme consumir en contra mi voluntad, ni siquiera el grupo intentó ejercer presión sobre mí, eso hizo que yo los respetara mucho más, y siguiera considerándolos mis amigos.
Y continuaba así mi vida, sin consumir drogas ilegales.
Y debido a mis deberes universitarios, me alejé durante mucho tiempo de mi primo, y Julio se fue de la ciudad, cada uno de nosotros entonces comenzó vidas paralelas, hasta que un día, después de un prolongado distanciamiento con mi primo, en medio de una conversación, descubrí que él ya era un consumidor de marihuana. ¿En qué momento pasó?, él lo descubrió por su cuenta, entonces por primera vez tuve en mi la curiosidad, y le dije a él, que también yo quería probarla.
Julio por ese entonces había regresado a la ciudad, luego de años sin haberlo visto, y nos comentó que en todo ese tiempo que estuvo lejos, tampoco había fumado la maría, y por eso también tenía curiosidad de probarla. Nuevamente el trio con el que comenzamos a explorar lo desconocido había vuelto a ser juntado por el destino.
El problema era conseguirlo, mi primo felizmente, ya sabía cómo hacerlo, él fue quien se encargó de aquello, así que quedamos en ir a un lugar apartado, tranquilo y seguro para en ese lugar experimentar el efecto del Tetrahidrocannabinol por primera vez;  la vereda de nuestro colegio en la  noche fue el lugar escogido.
En aquellos tiempos, nuestro colegio se hallaba casi a la periferia de la ciudad, había una calle ancha con árboles a ambos lados que cubrían de sombras las vereda en las noches, brindándoles una obscuridad que nos era propicia, además, debido a la escaza iluminación de aquella calle, era poco concurrida en las noches, y cualquiera que casualmente caminara por esa calle, no podría distinguir algo que pudiera haber en las veredas del colegio protegidas por las densas sombras que causaban los árboles de pomarrosa, sumado eso a la poca iluminación del lugar por entonces, era el lugar perfecto.
Y fuimos allí, los tres, sentados en aquella vereda, algo nerviosos por una que otra persona o moto que circulaba por la calle, prendimos unos cigarrillos que habíamos llevado y comíamos algunas golosinas para mitigar los nervios, mientras mi primo comenzaba a armar el troncho y luego fue quien lo encendió y primero lo fumó, luego, aun encendido, se lo pasó a Julio, y como siempre me lo pasaron a mi sin tanto dramatismo.
Mis expectativas aquella primera vez fueron rotas, esperaba tener alucinaciones fantasiosas, volar por los aires, ver colores y tener algún tipo de experiencia extrasensorial o hasta psicodélica, y cosas así, que era común escuchar decir a muchos quienes supuestamente decían haberlo fumado, y que luego entendí que solo eran charlatanes. Pero nada de eso pasó. Recuerdo que no tuve ni sentí nada novedoso en mí, Julio se quedaba observando un árbol y él decía que estaba esperando ver algo, decía cosas como “Oigan es normal o me parece que aquella sombra se está moviendo”, y yo le preguntaba a mi primo, ¿Qué se supone que debo sentir?, mientras él parecía estar en otra dimensión, riéndose de algo y mirándonos a nosotros que estábamos confundidos por no sentir nada diferente aún, y regresé ese día a casa luego de esa primera vez, decepcionado. Luego supe,  que al fumar marihuana por primera vez nadie siente nada diferente, habría que esperar fumar dos veces más, para sentir los espectaculares efectos del THC, interactuando con mi cerebro, y como siempre, tuvieron razón.
Desde el día en que pude sentir los agradables beneficios relajantes y potenciadores sensoriales de mis cinco sentidos que marihuana estimulaba, me volví más introspectivo, más abierto al mundo, mis paradigmas fueron destruidos con contundencia, y diría que me iba volviendo cada vez una mejor persona, me comencé a dar cuenta de los errores de mi personalidad, comencé a verme a mí mismo a través de los ojos de un observador, y poco a poco iba evolucionando como persona, llegaba a un estado de introspección y de conciencia que era muy difícil o hasta imposible llegar de manera natural, y en ese estado, como un trance consiente, tomé muchas decisiones y abandoné muchas ideas arraigadas que tenía en mi desde muy niño, que quizás me han imposibilitado alcanzar algún tipo de felicidad en mi vida. Desde entonces, mis mejores meditaciones e ideas, fueron logradas bajo el abrigo de la marihuana y el estado al que ponía a mi mente para ponerme frente a revelaciones de mi propio yo, que hasta eran desconocidas para mí mismo. Cada vez que yo requería encontrar respuestas a algo, y estaba tan preocupado, estresado como para concentrarme en meditar, recurría a la marihuana para alcanzar la serenidad y por fin ayudar a mi cerebro a concentrarse y relajarse para ayudarme a pensar con mayor claridad, y luego de haberlo fumado, me encontraba muy en paz, sereno y tranquilo.
Volví yo en sí, y veía a ese chico muy en paz, sereno, tranquilo, quizás gozando de los efectos, ya sin ese aspecto de alguien preocupado e inquieto por pensamientos tormentosos que anteriormente quizás le habían estado aturdiendo, y en su semblante vi regocijo como si sus problemas que le sumían en pensamientos se hubieran hecho humo, podía vislumbrar una leve sonrisa en su rostro, una agradable sonrisa de satisfacción, ya no era el mismo que estaba inquieto, ahora lucía con la serenidad propia de alguien que solo conoce amor y paz en su vida, y de pronto sucedió que le vi levitar, alzarse por el aire, desafiar la gravedad, miraba hacia un punto lejano del horizonte con la mirada fija, y repentinamente giró la cabeza y comenzó a mirar hacia donde me encontraba yo, parecía que ya había notado mi presencia, y me inundé de temor, el temor similar al que siente una presa que al ser descubierta por la fiera de la cual se escondía. Solo que mi temor era una suma de miedo y espanto, pues no parecía ser alguien común, porque este venía acercándose a mí por los aires, flotaba en el aire y venía atravesando, sobre las aguas el rio con un rostro apacible y los brazos en los bolsillos, despreocupado pero mirando hacia donde yo estaba, era evidente que venía hacia mí. Una fuerza invisible inmovilizó mis miembros que me impidió salir corriendo, y estaba asustado, aterrado, mi instinto de supervivencia me incitaba a huir a correr con todas mis fuerzas, pero una fuerza opuesta me detenía, diría que aquel joven me había inmovilizado, y lo veía acercarse más y más, y mientras la distancia entre nosotros se reducía, pude ver con más claridad a medida que se acercaba, de sus rasgos faciales. Es más atractivo de cerca, su cabello brillante adquiere un tono rojizo oscuro con el sol, su rostro tiene lunares, uno en su mejilla derecha, otros tanto en su cara, y cuello, creo que se me hacía alguien muy familiar.

Y entonces me di cuenta que todo este tiempo me estaba observando a mí mismo.

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