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jueves, 30 de julio de 2020

FOTOGRAFÍAS: Parte 01


Las Imágenes dicen más que mil palabras, es verdad, cuando reviso fotografías que he ido tomando a lo largo del tiempo, me vienen a la memoria los acontecimientos y circunstancias que hay detrás de cada una de esas tomas, algunas me recuerdan momentos, me vuelven a contar historias, algunas me recuerdan a ciertas personas que fueron importantes en mi vida, en muchas de las fotografías no es necesario que alguien aparezca para saber a quién me recuerdan. Es curioso lo mucho que pueden contar algunas imágenes sobre mí recorrido por esta vida. Temo algún día perder mis recuerdos y olvidarme quién soy o de mi historia, pero si algún día ese acontecimiento trágico sucediera, o si algún día algún dilema existencial me haga dudar sobre mí mismo, espero que al mirar esas fotografías, me ayuden a recordar quién soy, y a las cosas que he ido aprendiendo en la vida. En el momento en que tomé cada foto, no me imaginaba que tiempo después, iban a llegar a significar algo para mi, a marcarme. Una instantánea, no solamente congeló una escena, sino también una historia detrás de ella,
Me resulta fascinante la idea, de que en cada una de las Fotos que mostraré a continuación, soy yo quien se encontraba al otro lado de la toma, soy aquel que nunca sale en las fotografías pero que al mismo tiempo está presente en todas ellas.

La niña Anónima: Esta es la primera foto que tomé con mi cámara Reflex, cuando la compré, fui a un parque en la ciudad de Qullamaba-Cusco, y me senté ahí a admirar mi nuevo juguete, sus botones, su apariencia, en eso se me acerca esta niña a ofrecerme Agua de Cebada. Sin preguntarle, como de chiste, le apunte con la cámara simulando que le iba a tomar una Foto, pensé que la niña se avergonzaría, pero se quedó ahi, quieta, y cuando vi su aceptación, presioné el disparador y tuve la primera imagen que saqué con mi Cámara. Naturalmente le compre una agua de cebada a la niña, que agradeciéndome, se retiró. Nunca supe su nombre, fue eso hace ya 05 años.

La pelota con la que solía jugar el niño Carlitos de la quinta donde vivía entonces en aquel lugar de los Andes, con el que aveces aquel niño, me invitaba a jugar. Yo solamente ahi mientras tomaba el sol, pateaba la pelota al otro extremo, donde aquel niño la iba a recoger, esa rutina hacía feliz a aquel niño, una felicidad genuina que yo mismo olvidé, cuándo fue la última vez que me sentí asi.

Niñas Jugando: Un día en que estaba aburrido, fui con mi cámara ya cerca al anochecer, a una pequeña cancha deportiva. Estaba ahí, en mis pensamientos nostálgicos, cuando llegaron tres niñas y se pusieron a jugar, con tanta naturalidad y con algo tan simple, sobre el pasamanos de concreto, improvisaron una surruna.


Estrellas: Mi primera fotografía de larga exposición al cielo Andino. En donde era fácil fotografiar estrellas por que no existía mucha contaminación lumínica como en las ciudades grandes. Era la ventaja de los pueblos rurales. Aún estaba aprendiendo a usar la cámara por lo que la toma salió con mucho ruido, y la exposición muy alta, hizo que se notara un poco los STARTRAILS. Igual me parece una foto hermosa. A falta de trípode, me valí de rocas para mantener la posición de mi cámara apuntando al cielo. Ese fue el resultado.


Tapa de Objetivo: Practicando el enfoque y la apertura del diafragma, saque esta curiosa foto de la tapa del objetivo de mi cámara.

Amor Eterno: Caminando por las calles de Cusco junto a una persona que en su momento fue muy importante para mí, íbamos conversando sobre la durabilidad de las relaciones de hoy, llegamos de casualidad a alcanzar a esta pareja de ancianos de lento caminar. La escena justo venía a confirmar la idea de los amores eternos que estábamos debatiendo. Me pareció tan bella, romántica y nostálgica que no pude evitar Fotografiarlos, para luego mostrarle esa imagen a la persona que iba a mi lado… Actualmente, siempre que menciono esta fotografía a la persona que ese día estaba a mi lado cuanto la tomé, niega recordarlo. Sé que no es así, pues fue memorable aquella tarde.

Mis frutos de la Discordia: Aquella misma tarde, con la misma persona que me acompañaba, fuimos al Mirador de Qenko, para disfrutar de un momento agradable, habíamos comprado manzanas (mi fruta favorita) en el mercado para comer en el camino, y además, había llevado un poco de Yerba para amenizar el momento, quien me acompañaba se molestó por llevar droga al paseo, pero respetó mi decisión. Armé el Weed en un cigarrillo, tomé una de las manzanas que había llevado ese día al paseo para comerlo antes, en un momento dado, se me ocurrió sacarle la foto a ambas.


Esta composición fue ispirada ya bajo los efectos de Yerba que Había fumado. Se Ve una de las manzanas, con la ciudad de Cusco de Fondo, con una parte de la ciudad cubierta por una gran nube.

Zapatos. En unas ruinas, en un evento de celebrando una fiesta Regional, me sentía cansado y me eché sobre el fresco paso, mientras tenía parado frente a mí, a un Amigo del trabajo, estaba con la cámara buscando ángulos y tomé esta Foto. Los pies anónimos. Aunque yo sé de quién se trata.

 Mama: Esta foto me llena de nostalgia aún hoy en día, me hace recordar los tiempos en que dependíamos nuestra seguridad a nuestra madre, para luego, de adultos, depender de nosotros mismos. Quien no ansía tener la seguridad de que todo estaría bien, si junto a nosotros estaba mamá.

BN: Mi fotografía Favorita. Retrata mi soledad, cuando en una ciudad que no conocía, me puse a caminar sin rumbo ni dirección, hasta que me dio la noche, y caí cansado en una banca en algún lugar. Tomé mi cámara y saque la fotografía de lo que tenía enfrente mio.



viernes, 15 de mayo de 2020

EL REGALO


    Luego de mucho tiempo de habernos conocido por chat, en circunstancias que no tienen importancia, de habernos dicho mucho y nada,  de haber abordado muchos temas de conversación en común, de haber discutido a veces sin sentido y a veces con razón, a veces simplemente por mal entendidos, pudimos esbozar cada quien en sí, la personalidad del otro, a través de la pantalla íbamos perfilando a aquel que se hallaba al otro lado del chat, mientras íbamos leyendo sus palabras sin voz e íbamos entendiendo su forma de pensar y de concebir su mundo, tal vez igualmente podíamos notar su estado de ánimo, si mentía o si estaba molesto, pero es cierto que tras todo el matiz de nuestras personalidades algo caprichosas y con tendencia a la discusión sin sentido, había un interés inexplicable de conocer a quien nos mantenía en requiebros que resultaban a veces inquietantes y atrayentes en un equilibrio incomprensible, pero fascinante.
    Muchas veces hablando de política terminamos discutiendo, intercambiando ideas sobre nuestras posturas, y bien sea sobre cine, política, filosofía, creencias religiosas, era evidente que aun cuando estuviéramos de acuerdo en ciertos temas, siempre era necesario tocar un tema para que una discusión hiciera intensificar nuestra conversación, a pesar que solo miraba sus palabras en chat, podía percibir por la magia de su redacción y elección de palabras, su estado de ánimo, y la pasión con que se enfrascaba a defender su punto de vista, como un paladín del debate blandiendo hábilmente la espada de sus argumentos, y diestramente defendiéndose de los míos con el escudo de su retórica. En esos combates de ideas, nuestras espadas chocaban hasta sacar chispas y herir al ego del otro en ocasiones, y aún así nunca salía jamás ninguno vencedor ni victorioso de esas batallas virtuales de ideas, sin sentido e innecesarias pero tercamente llevadas a cabo.
    Largamente, a veces muchos días en que la lucha había sido tan ardua que uno haya herido el ego del otro, el resentimiento hacia mella en el herido, que el silencio era el único mensaje que nos enviábamos por muchos días, y aunque era adictivo nuestras conversaciones extrañas, era como una especie de honor el mantener la distancia mientras el ego herido era sanado con el tiempo y la necesidad de volver al ruedo con aquel némesis que, sin que ninguno lo quiera admitir, era una especie de enemigo Nietzscheano al que habíamos aprendido a amar y a admirar, tanto que era a veces menester el querer volver a romper el silencio para volver al ruedo de nuestras extrañas conversaciones y duelos de paladines de discusiones innecesarias.
    A veces uno u otro, pero siempre cualquiera, y dependiendo del estado de ánimo, aburrimiento o necesidad de esa adictiva personalidad confrontacional del otro, yo o el, rompíamos el silencio con un simple "Hola", y así, preguntando cómo estábamos todo este largo tiempo, comentando esto o aquello, empezaba un nuevo ciclo de conversación que al inicio de manera vacua, progresivamente, como una neblina que poco a poco va apareciendo hasta dejarlo todo nublado, nuestro patrón volvía a iniciar, una conversación sobre alguna cosa, iniciaba una concatenación de temas, que iban al poco tiempo llevándonos al incremento de las pasiones entre ambos, nuevamente sin darnos cuenta, estábamos dos paladines combatiendo en la lona del chat, asestando golpes e hiriendo a veces al ego del otro, sin jamás ninguno aceptar la derrota, nuevamente, según la intensidad de la batalla, terminaban en mucho resentimiento debido a que como siempre, ninguno había podido doblegar a su rival en la aceptación de su postura.
    Hasta diríamos, que era para ambos placentero el hecho de darle la contra al otro en lo que sea que nos pusiéramos pensar o hacer… Quizás hay voces que susurran la palabra “Toxicidad”, pero es una palabra muy simplista y determinista para dos personalidades complicadas que confluyen en la necesidad de contantemente irse fortaleciendo y filtrándose hasta llegar a un punto medio de equilibrio en que ambas partes al fin llegan a consenso y se encuentra la armonía; sin conflictos que limen asperezas jamás se llegará a la perfección, o al menos eso es lo que yo creía, debido a nuestro constante afán de siempre estar en conflicto, pero con el tiempo, me di cuenta que ello era desde siempre más el objetivo de él que mío, por el hecho de siempre incentivarme a llevarle la contra para forzarme al límite de ver hasta qué punto era capaz de hacer lo que me pidiera.
    Complicaciones aparte, habíamos acordado al fin que debía llegar el momento de vernos directamente, de conocernos cara a cara, para conllevar lo que fuera que éramos a un plano real, lejos de lo virtual, y si, hasta en eso éramos conflictivos, proponiendo fechas, cada quien según su conveniencia, sustentando el porqué de nuestra propuesta, y el por qué no de la suya, entablándose más desafíos, una cosa lleva a la otra y así nuevas discusiones, debates, nuevamente los dos paladines blandiendo su espada con el objetivo para imponer la fecha del encuentro; era el inicio de un ciclo más de discusión, resentimiento y silencio, nuestros egos colisionaban contundentemente ante la sola discrepancia, no entiendo hasta ahora, ¿por qué si tanto interés tenía, me costaba tanto ceder?, ¿por qué deje envilecerme por un orgullo visceral de no demostrar debilidad ante él?, ciertamente aprendí que en la diplomacia, el éxito se basa en saber hacer concesiones, pero en nuestro caso, las concesiones no las hacía ni yo ni el, ninguno, era ese el punto, era la inflexibilidad de dos espíritus de orgullo inmutable que sumía a ambos en un ciclo de infelicidad y juego absurdo de niños grandes, el interés mutuo era arrollado por la insensatez de esas dos personalidades incapaces de negociar un acuerdo que los beneficie, y no obstante, preferían hacer prevalecer sus posiciones sobre el otro, o postergar cualquier entendimiento que a la larga podría llevarlos a bailar alegres bajo la luz de la luna y el abrigo de las estrellas.
Pasaron los días, esta vez, fui yo quien rompió el silencio.
-Hola – Le dije
- Hola – Me respondió
- Hagamos las paces – Le dije
- No sabía que estábamos en guerra – Me dijo sarcásticamente
    Si, el sarcasmo era la fachada para ocultar lo evidente, nuestra arrogancia mutua, pero qué importaba, la última vez que dejamos de hablar fue por no decidirnos sobre la fecha de nuestro encuentro, esta vez quedamos un domingo por la tarde, probablemente era posible de ambos el poder.
    Así, que ahora vino definir el lugar, a estas alturas supongo que ya habían pasado muchos meses desde que comenzamos a hablar, posponerlo aún más sería muy tonto en caso iniciara otra batalla de paladines insensatos, así que propuse un lugar esperando su descargo para blandir mi espada y sostener mi escudo, pero en cambio, en un acto extraño, me dijo que mi propuesta le parecía bien, que no tenía inconveniente. Tal vez pensó igual que yo en dejarse de absurdas discusiones sobre la supremacía de la voluntad del otro, y aceptó. Algo raro eso sí, considerando los precedentes para nuestra extraña relación, que lejos de hacerme sentir victorioso, me dejo con un extraño sabor amargo, tal vez porque alguna insana parte de mi morbo aficionado al debate, esperaba alguna confrontación visceral de las que acostumbramos siempre, pero no hubo tal cosa. Quedamos el día y la fecha.
    En los días intermedios entre la concertación del encuentro y el encuentro mismo, nuestras conversaciones iban bajando el tono confrontacional, e íbamos conversando sobre temas un poco más personales que con el tiempo con leves esbozos tocados, y ahora liberados de ello, tuvimos más en profundizar, temas como nuestra actual situación emocional, si existiría la posibilidad de que entre nosotros pueda surgir algo más serio que una amistad.
    Lo cierto es, que según pudimos leer entre líneas, ambos nos gustábamos mutuamente, y de tanto discutir, había nacido algún tipo de encanto por la personalidad opuesta que representábamos para cada uno. Los días entonces iban transcurriendo, entre el hecho de poder conocernos demasiado, hasta que pueda surgir algo mucho mayor y más grande entre nosotros, tal vez un noviazgo, y cumplir sueños juntos, fantasías, entre tanto debate absurdo, habíamos olvidado hablar sobre nuestros gustos y nuestras pasiones, y terminamos descubriendo que nos gustaban cosas similares, tantas que podríamos compartir y pasarla genial. En mi fantasía, iba creyendo que aquellas diferencias nuestras podrían ser contrapesadas con nuestros múltiples gustos en común. Al menos eso creía yo…
    Llegó el día al fin del esperado encuentro, con nervios de por medio, le esperaba en el mismo lugar acordado, traté de ser puntual, no quería iniciar una absurda discusión sobre la impuntualidad, pero para mi asombro, ese día no fui yo quien fue impuntual, sino él, y podría haber iniciado en persona una absurda discusión sobre su falta de compromiso y el haberme hecho esperar demasiado, pero traía en la mano una bolsa de regalo rojo, que no pude evitar ignorar, cuando me vio, lo extendió hacia mí y me lo entregó diciendo:
-      Traje esto para ti, pero quiero que lo abras cuando nos despidamos.
Lo tomé, y le dije:
-          ¿Qué será? ¿Pero por qué no puedo abrirlo ahora?
-          Ahora está en tus manos – me respondió – te lo acabo de regalar, es de tu propiedad, si deseas abrirlo ahora mismo, no podría oponerme, pero solo te pido, que lo abras cuando nos despidamos.
    La bolsa era roja, dentro sentía que había una caja, pero sus palabras me hacían eco: “Ábrelo cuando me vaya”. Por mientras le miré más detenidamente, era tal cual le había visto en fotos, quizás lo imaginaba más alto, pero era su voz, eran sus palabras, era su mirada, era su forma de vestir tan peculiar, y traía aquella mochila marrón con la que salía en varias fotografías, se veía vultuosa, ¿qué podría ser lo que llevaba en ella?, sería una insensatez el preguntarle pero era parte de su indumentaria bohemia.
    Empezamos a caminar y conversando, intercambiando temas fascinantes, su nivel de cultura era admirable, era como pocas personas, capaz de seguir la ilación del tema de conversación cualquiera, aparte la humildad con que conversaba y la calma, podía hacerme sentir paz en mi corazón, la calma y la armonía; parecía ser diferente por ratos a la persona confrontacional que estaba al otro lado del chat, esta persona que tenía aquí junto al mío era diferente, y que genial que así sea. Igualmente conversábamos por el malecón, mirando el atardecer, las olas del mar golpeando la orilla, llevaba yo su regalo que me dijo no abrir en la mano derecha, mientras nos sentamos a contemplar la puesta del sol, muy bella y mágica, al cielo tomar tonalidades más naranjas, y nuestras siluetas contrastando lo que mirábamos, esa imagen, del sol dando paso a la noche, nos volvió más introspectivos, y de algún tema de conversación surgió una palabra: Confianza. 
La confianza – Me dijo – Es lo más frágil de este mundo, pero es a la vez junto al amor, la más poderosa arma para enfrentar las adversidades, y cuando una relación se sostiene sobre ella y la confianza está intacta, nada existe en el universo que pueda destruir esa relación, puede soportar calumnias, vicisitudes y privaciones. El amor lo puede todo, pero el amor sin confianza se desmorona, es por ello que la confianza es lo más difícil de conseguir e imposible de recuperar una vez perdida. En anteriores relaciones que tuve, la confianza fue fisurada, y no importaba qué tantas promesas me hicieran para que todo siga igual, nunca pude volver a confiar, la desconfianza es un monstruo grande que cala en lo profundo, bloquea la razón no importa que tanto hayas amado, ese monstruo va poco a poco matando y sofocando al amor, si la confianza está rota, es tonto el querer reconstruirlo o volver a ganarlo, es una carta que te permite darlo todo sin miedo, pero cuando se ha quebrado, te da miedo dar hasta lo más mínimo, es tan difícil confiar en alguien en estos tiempos, ya que la lealtad está subvalorada. Los celos existen, es normal, es parte de la condición humana el miedo a perder algo que crees que te pertenece, y una pareja crea un vínculo de pertenencia, que no quieres compartir con una tercera persona, que no quieres que se te sea arrebatado, negar ese hecho, es negar nuestra propia humanidad. El amar a tu pareja puede hacerte confiar ciegamente en ella, al extremo que creerás que podrá resistir la tentación de una infidelidad, siempre con celos razonables, pero dejarse poseer por celos enfermizos es tonto, pues no importa cuánto celes o espíes a tu pareja, cuando tiene ya la intención de ser infiel, hallará la manera de hacerlo evadiendo tu mirada; si existe confianza, puedes tener la seguridad de que podrá respetarte sin necesidad de vigilancia extrema o invasión de privacidad, pero si una vez, solo una vez, esa confianza es rota, no importará desde ese momento todos sus intentos de querer enmendar su error, la confianza rota será el agujero en el barco, que poco a poco irá hundiendo el navío del amor hasta volverlo demasiado pesado para sostenerse a flote, y se hundirá hasta el fondo, sin ser posible ya salvarlo, se irá hundiendo lentamente con todos los recuerdos vividos que ha llevado sobre si durante el tiempo que hayan navegado juntos.

    Luego de ese monólogo, mi sorpresa era difícil de disimular pues no me lo esperaba que con tanta pasión y elocuencia me lo haya dicho de esa manera su visión de una relación.
        Luego ello, me miró fijamente a los ojos y me preguntó.
-         ¿Eres alguien en quien se pueda confiar?
-          Claro que si – Le respondí.
    Mi miró con un rostro inexpresivo, con una seriedad inquietante, casi inquisidora, como si tratara de leer mis pensamientos mirándome fijamente a los ojos con su mirada penetrante, luego, solo sonrió, y continuó observando el atardecer, en un silencio de varios minutos, hasta que de nuevo, volvimos a conversar de temas diversos.
    El sol ya se había puesto, lo habíamos contemplado en todo su esplendor, y nos pusimos de pie, caminamos, conversando de cine, música, libros y acontecer, me parecía fascinante su nivel de sensibilidad hacia la vida, me contó las veces en que había confiado y las veces en que le habían traicionado, y mientras caminábamos íbamos riendo de las bromas que nos hacíamos mientras recorríamos las calles. Continuamos caminando por el malecón, su conversación era muy agradable, mientras yo estaba teniendo unas de las mejores tardes y noches de mi vida, era genial estar aprendiendo de la vida con alguien que denotaba sabiduría por ella. Hubo momentos en que imaginaba tardes como esas el resto de mi vida junto a él, en diversos lugares del mundo, y entonces no podía evitar una callada sonrisa.
-          De qué te ríes – Me preguntaba
-          De cosas mías – Le respondía
    La caminata era agradable, hasta que me dijo que tener ganas de ir al baño, me pidió que le acompañe a buscar uno, pues era evidente que ansiaba acompañarlo, no iba a dejarlo buscar un baño solo. Fui con él, y hallamos un baño en un centro comercial, como yo no tenía ganas de entrar me dijo que le esperara.
    Entró, y yo me senté a esperarle, y mientras pensaba en mi cabeza cosas magnificas, como que tal vez ese era el inicio de algo maravilloso, ¿a cuántos lugares podríamos salir entonces?, si esta era la primera de muchas salidas, era fabuloso, habíamos sido demasiado tontos por tantos meses haber desperdiciado batallando por chat inútilmente, cuando esta historia podría haber empezado meses atrás, y no ahora que aunque tardíamente, estaba iniciando. Las personas iban y venían, y yo tenía una sonrisa auténtica, mire al cielo, y me pareció bello, y entonces mi mirada se posicionó en el obsequio que todo el tiempo iba llevando en mi mano, aquella bolsa roja. Me invadió la curiosidad, aquel regalo inexplicablemente parecía brillar con un aura mágico, y entonces recordé su comentario de que lo abra cuando nos despidiéramos, ¿qué diferencia hay en abrirlo ahora o después de que se haya ido?, me fascinaba la idea de saber qué es lo que alguien como él tenía ahí para alguien como yo, ¿qué sorpresa tenía para mi aquel chico misterioso y culto?, si decidía abrir ese regalo en ese momento lo iba a descubrir, qué diferencia habrá, no sabrá que lo abrí, no me está vigilando, si me escondo, jamás sabrá que descubrí lo que había en ese regalo antes de tiempo.
    Entonces, no pude con la curiosidad, tomé el regalo, y me oculte en un lugar donde no me pudiera ver si es que a escondidas me espiaba. Entonces, invadido mi ser por gran curiosidad y la emoción, abrí la bolsa, en ella había una caja roja, y dentro de la caja, un papel color naranja, doblada como una carta, con un sello de cera en el doblez. ¿Qué sería? La curiosidad me mató, ¿Una declaración de amor? ¿Una promesa de amor?, rompí el sello con mucha emoción, y no podía dejar de fingir una sonrisa mientras lo hacía. La carta era breve, y pero lo leí con emoción y complicidad mía.
   Al leerlo, sentí el impacto, no de emoción, sino del sentimiento que precede al tener conciencia de haber cometido un terrible error, y tan pronto lo terminé de leer, cualquier sonrisa y sentimiento de alegría e ilusión se me borró del rostro, entonces até cabos todos los cabos de esa tarde, el porqué de esa extraña condición sobre abrir el regalo, el porqué de ese apasionado discurso sobre la confianza, y ese hecho de dejarme un momento con la excusa de ir al baño y darme la oportunidad aparente de no tenerme a la vista, me di cuenta de mi error, pero ya era tarde, coloqué temeroso la carta en la caja, el sello de cera ya estaba roto, no había forma de volverlo a poner como estaba antes, era ya tarde, me fui a sentarme al lugar donde me dejó, ya la paz había sido reemplazado por un aturdimiento extraño y vergüenza de haber quedado uno mismo en ridículo, como dispararse en el pie, y pues ya no podía sonreír, me sentía devastado por lo que leí, si antes me era imposible disimular mi alegría y hasta una sonrisa, ahora me sería imposible disimular mi congoja, mi tristeza, y mi sentimiento de culpa, y más cuando le vi salir del baño, y venir hacia mí.
-          Bueno, ya me siento mejor – Me dijo - ¿Seguimos?
-          Sí, claro – Le contesté
Y continuamos caminando, mientras me hacía la pregunta.
-          ¿Te pasa algo?
-          No, nada, todo bien.
    Obviamente todo me pasaba, todo se había derrumbado desde el momento en que rompí el sello de esa carta, que me dijo no abrir, pero aún así seguimos caminando, y mi semblante era deprimente, sin embargo él parecía ser el mismo, seguía conversándome, y yo entre líneas de mi absurdo accionar, le iba escuchando con la cabeza abajo sin saber qué responderle o decirle, en mí deseaba que esa noche jamás acabara, pero en mí algo decía que esa sería la última vez que nos veríamos, que la oportunidad de iniciar algo lindo en mi vida, se me había escurrido de la mano como jalea, como jabón húmedo, había volado demasiado cerca del sol y me había quemado, había roto la confianza de él, cuando rompí ese sello de la carta que ahora no podía reconstruir, de eso se trataba todo el tiempo, de una prueba de confianza, y yo había fracasado rotundamente, ahora solo estaba precipitándome hacia abajo, sabiendo que pronto me estrellaría contra el suelo cuando llegue al punto culminante de la noche.
    Ahora iba retumbando en mi mente lo que me dijo al inicio: “No lo abras hasta que nos despidamos”, ya lo había hecho, ahora si entendía el porqué de esas palabras, y una llamada de atención a mi tonta necedad de querer darle siempre la contra, quizás inconscientemente ansiaba solamente desafiar sus designios en una versión más de combate de paladines.
La noche pronto avanzó, pero ya no iba de alegría.
-          Es momento de irme – Me dijo – Fue un placer conversar contigo y conocerte, pero debo pedirte que ahora si abras el regalo que te di, y que no has soltado en ningún momento.
    En ese momento sabía que ya nunca iba a ser lo mismo, era el momento de mostrarle la prueba de haber roto la confianza de lo que me pidió no hacer sino hasta ese momento.
    Me miró, y creo que pudo leer mi semblante acongojado mucho antes que me viera abrir su regalo, pero aún así, con mucho sentimiento de culpa, abrí la bolsa roja, saqué muy lento y despacio la caja en su interior, y le di una última mirada a sus ojos, sus bellos ojos, y me correspondió con una tierna sonrisa que no pude evitar casi por reflejo también sonreír, sin saber que sería mi última sonrisa de la noche, y quizás la de días.
Saqué la carta, pero el al ver que la carta tenía el sello roto, casi decepcionado, en su mirada y su voz me dijo.
-          Está roto el sello, significa que ya lo leíste.
-          Si, lo siento mucho, pero por favor no quería es solo que me ganó la curiosidad, pero por favor no lo tomes a mal.
-          Descuida – Me dijo – Si lo leíste, pues ya lo tienes claro, ese regalo fue tuyo todo el tiempo, y no te lo pienso quitar, siempre pudiste abrirlo cuando lo creyeras conveniente, solo te pedí que confiaras en mí. Pero ya es tarde, debo irme, me gustó conocerte, la pase genial conversando contigo y pasar una magnífica tarde junto a ti.
     En ese momento podría haber iniciado una discusión sobre lo tonta e infantil treta de poner a prueba la confianza de alguien con una argucia tan sacada de alguna película de Saw, podría haberle dicho que en otras circunstancias más serias hubiera Sido incapaz de traicionar una confianza que se me habría dado, habría tenido muchas ganas de hacer ese momento un combate de paladines más, sé que nos hubiéramos enfrascado en un largo debate, y tanto yo como él, no habríamos logrado ceder ni un poco en nuestros argumentos, y así, con el ánimo por los suelos como me encontraba, no tenía ganas de discutir tontamente una batalla que ninguno habría ganado, aquel chico de bella mirada había logrado probar que no se podía confiar en mí, y  conociéndole como le conocía, su terquedad y su poca disponibilidad de ceder ante mis argumentos, sabía que nada de lo que le dijera, haría cambiar la percepción que ahora tenía de mí, que toda discusión que tuviéramos, iba a terminar solo en distanciarnos aún más, y en este punto, era evidente que nunca más nos volveríamos a ver, que nuestro distanciamiento sería desde aquel momento ya absoluto. Maldita sea mi impaciencia por no saber esperar.    
    Y solamente me dio un abrazo, y se fue, pero pude ver en el tono de sus palabras, un corazón herido y decepcionado, yo no podía sentirme peor, pues lo había arruinado en el mismo momento en que decidí abrir ese regalo antes de tiempo cuando me dijo que no lo hiciera, y ahora me encontraba ahí, solo, en mitad de la noche, luego de haber vivido una de las más geniales noches de mi vida conociendo a alguien maravilloso, y solo que quedé ahí, con esa carta.
    Le vi alejarse, y supe entonces que nunca iba a descubrir lo que todo ese tiempo había llevado en su mochila, jamás lo iba a saber, solo que quedaba el consuelo, aunque amargo, de la valiosa lección que había aprendido esa noche, la confianza, si te confían algo, debes poner por encima de todo, aquella confianza, el honor y la lealtad son básicos en la personalidad, los mercenarios emocionales están condenados a la soledad, si te confían un secreto, guárdalo a cabalidad, el valor de tu palabra y tu capacidad de cumplir tus promesas, harán que en la vida, jamás tengas que mendigar favores.
    Mientras iba reflexionando sobre esas cosas, me invadió el sentimiento de negación y depresión en pocos minutos, y ahora sabía que debía proceder la aceptación de lo sucedido, tenía la carta en la mano, y decidí darle una última leída antes deshacerme de ella.
<<Me pareces alguien genial y estaba muy ansioso de verte hoy, pero al mismo tiempo ansiaba saber si podía confiar en ti.

Ahora me siento decepcionado.

Si estás leyendo esto, es porque no pudiste esperar a que nos despidiéramos para que abrieras esta caja y leas esta carta. Esto era solo una prueba para saber si por mi eras capas de resistir la tentación de algo que te intrigara pero que yo te pidiese te abstuvieras. Has fallado, por lo que aparentemente no eres alguien en quien yo pueda confiar en el futuro para algo serio.

El verdadero obsequio estaba todo el tiempo en mi mochila, te lo iba a intercambiar por esta caja que abriste, al momento que nos despidiéramos. Lástima, porque ya que no confiaste en mí, el único regalo que te llevarás de mi parte, será esta tarde que pasé contigo.>>

domingo, 15 de marzo de 2020

DESTRUCCIÓN



    Dejar el pasado atrás duele, aún más cuando ese pasado involucra a la persona a la que uno más amó, como nunca, como a nadie; y los espectros de su existencia están presentes en las cosas materiales que quedaron de una relación hermosa y dolorosa a la vez, la posesión de esos objetos lo complican todo, y el amor que le tuve alguna vez, hizo que yo decidiera aferrarme a la existencia de los recuerdos que me dejó.

    Tanto le he llegado a amar, que amarle me dolió tanto, lloré, sufrí, había vertido torrentes interminables de lágrimas pronunciando su nombre en largas noches que parecían nunca acabar, queriendo saber el porqué de su frialdad e indiferencia hacia mí, no entenderlo fue muy duro y lo pagué tan caro. Esa fue mi historia de amor, al menos en la última etapa la constante era la depresión y la ansiedad de salvar lo que llegué a amar más en el mundo, y al perder a esa persona, no me quedaba más nada que los recuerdos, los vestigios de que alguna vez fui amado por alguien.
Pues hubo, así mismo, momentos hermosos, inolvidables, tallados en mi memoria con el cincel de su ternura, si, demostró ternura también, su lado blando de su corazón, el lado hermoso de su personalidad, y la ternura de su sentimiento hacia mí.

    Me amó tanto, que me lo demostró de mil maneras, muchas de las cuales solamente quedaron vestigios en mi memoria, que son intocables, intangibles, fueron momentos solamente, inolvidables, hermosos, mágicos, aquellos momentos que ya no volverán y que tampoco de mi memoria se irán.
Pero también, una de las maneras en que me demostró su cariño, fue obsequiándome aquellos objetos materiales, cosas que llegué a conservar, y que bien pude haberme desecho de ellas en su momento pero no tuve el valor de hacerlo, es lo único tangible que me quedó para recordarle, es la prueba de que hubo un momento en que fui y me sentí amado por alguien, quien con cosas tan simples fue capaz de transformarme de alguien que se negaba a enamorarse, a alguien que terminó entregando todo, su corazón, sus secretos, sus sueños, sus anhelos, sus miedos, su pasado, sus temores y debilidades.

    Hay veces en que las cosas más sencillas se convierten en las más importantes.

    Y lo que me regaló, aquellas cosas que para mí llegaron a tener un valor incalculable, no tuve el valor ni fui  capaz de deshacerme de ellos ni siquiera en el momento más doloroso de nuestra separación, y los llevé a casa conmigo, desde tan lejos, hice un lugar en mis maletas para llevármelos conmigo, aquellas cosas que fueron entregadas a mi directamente de la mano de la persona que más amé en este mundo, no pude simplemente abandonarlo por ahí, esas reliquias invaluables, mágicas, el recuerdo de algo que viví, que fue real, que fue hermoso, pero que como todo en esta vida, acabó.
Me los llevé tan lejos, transportándolo con sumo cuidado, con delicadeza para no arruinarlos, los coloqué en un rincón especial de mi habitación, casi inaccesible con facilidad para evitar un escrutinio indeseado. Los embalé con sumo cuidado y cariño, el mayor tesoro que alguna más anhelé, que serían chucherías para cualquier otro mortal, pero para mí, lo único que me unía al ser que amaba entonces y que también me amó.

    Cartas, peluches, tarjetas, suvenir, cajas de chocolates, pañoletas, adornos, aquellas cosas que tenían un significado, cada uno representaba la esencia de momentos, a veces para conmemorar algo, a veces para una reconciliación, o a veces solamente un gesto de cariño solo por así, sin pedir nada a cambio.

    Cada uno de aquellos objetos que en persona se me fue obsequiado, representaba un beso de agradecimiento, una conversación profunda sobre nosotros, una dedicatoria y una historia, en mis momentos de soledad; en la lejanía pensaba en cada uno de esos presentes, y así mismo en la persona que me los obsequió, estaban ligados íntimamente en mi memoria, su recuerdo afloraba cuando pensaba en ellos, cuando regresaba a casa después de meses, abría aquella caja que contenía aquellos recuerdos y los observaba, nuevamente lágrimas sentía acariciar mi mejilla bajando de mis ojos, algunas veces pensaba en destruirlos, pero me detenía al solo mirarlos, con tan solo leer las palabras de sus tarjetas y dedicatorias escritos a puño y letra, todo ello, el significado de esos objetos, parecían infundían una energía en mí que me disuadía a que los destruyera, siempre les indulté de ese destino al momento de rememorar las circunstancias en que se me fue obsequiado cada uno de ellos, aparecían los flashback en mi mente mágicamente con tocar cada uno de ellos, y después de disfrutar el amargo dulce de la nostalgia, volvía a colocarlos en su escondite, a la espera de volver a ser contemplados en otro momento.

    Pasaron los meses, años, ya el sentimiento por la persona que me los había obsequiado había sido superado hacía mucho tiempo, andaba por la vida, en mis pensamientos ya dispersos en asuntos diversos, ya eventualmente iba dejando de pensar poco a poco en aquel humano que alguna vez me volvía loco, y que me tenía en vela a veces en noches de insomnio, atrapado en un bucle de tristeza depresión y angustia, y volvía a resurgir nuevamente el mismo yo, que ansiaba leer y escribir y tal vez soñar; cuando iba a casa, decía que ya no tenía sentimientos hacia la persona emisora de esos detalles, así que los decidí destruirlos, los saqué de su escondite, en perfecto estado los mantenía y estaban casi nuevos, y cuando los toqué, nuevamente los flashback y los momentos más emotivos que vivimos juntos, llegaba a sentir tanta nostalgia y cariño hacia aquellos objetos que desistía de mis intenciones inquisidoras.

    Mi vida seguía siendo arrastrada por las imparables corrientes del tiempo, los sucesos más desastrosos de mi vida iban erosionando mi estabilidad, esta vez ya no asociado a un romance, sino a cuestiones duras que la vida me puso delante, las cosas no me empezaron a salir muy bien, nuevamente sentía que algo, algún tipo de lastre existía en mi vida que no me permitía salir airoso de las situaciones que me tocaba enfrentar, llegué a recurrir a la introspección y a la meditación para ahondar en lo profundo de mi, sobre las posibles causas de ello, no iba a ser neciamente cobarde como para culpar a la suerte de lo que me pasaba, y ahondé en mis pensamientos, y en mi interior, básicamente descubrí, lastres emocionales que iba cargando sin darme cuenta, no era solamente buscar chivos expiatorios, sino el origen de todo.

    El daño que sufrí en las diversas etapas de mi vida, lo pude superar por que no existía nada físico ni material que me recuerde a ellas, excepto claro, aquellas cosas que aún guardaba, vestigios de un pasado tormentoso.

    Visioné que un aura negativo los rodeaba, al principio creía que solo era cariño para mantenerlos intactos, pero eran amuletos de mala suerte, influían en mis emociones para hacerme desistir de destruirlos, tenían como una especie de hechizo, cuando abría la caja que los contenía, me conmovía tanto mirarlos, que terminaba llorando de tristeza, un amor toxico hacia objetos inanimados, si debía barrer etapas de un pasado que fue difícil, ruin, y doloroso, debía tomar la decisión radical de acabar con todo lo que diera evidencia de que alguna vez también amé y fui amado, si la persona yace muerta en vida, no hay razón para mantener lo que me ata a su recuerdo, los objetos de aquella caja, eran lo último que me ataba a una etapa superada, era el ancla que no me dejaba seguir navegando, como objetos vudú, eran un lastre en mi vida, que debían ser destruidos al fin, vencer el escudo emocional que mantenían aún en mí.

    Con la determinación de no dejarme invadir por aquellos sentimientos nostálgicos que aquellos objetos despertaban en mí, los coloqué en una mochila, me sentí triste por lo que iba a hacer, pero mi voluntad era firme, iba a destruirlos al fin, iba a poner el punto final a la última página de una historia de amor que había culminado hacía mucho tiempo, y nada me iba a detener de hacerlo.
Nuestra historia comenzó un 29 de abril de un lejano 2016, y aquellos objetos habían sobrevivido demasiado tiempo, habían durado mucho más que nuestra relación, debía cerrar el capítulo, aun si este se mantuvo inconcluso por bastante tiempo por culpa de esos objetos, simbólicamente, debía demostrarme a mí mismo que ya los sentimientos habían sido superados hacia quien me hizo muy feliz e infeliz de la manera en que solo alguien que amó a la persona equivocada puede comprenderlo.

    Un 29 de diciembre del 2019, a las 7 de la mañana, con todos sus “detalles” en una mochila, fui al grifo más cercano a comprar gasolina.

    La noche anterior había perdido en circunstancias vergonzosas un celular nuevo que había comprado hacía poco, fue un suceso desafortunado, le atribuí esa mala suerte a una venganza anticipada de esos objetos, que no deseaban ser destruidos limpiamente sin antes causarme un sinsabor de boca que me impida disfrutar de su destrucción, quizás fue lo que decidió el momento de hacer lo que había postergado por tanto tiempo.

    Elegí como lugar, el mismo sitio donde poéticamente una vez, había capturado en una fotografía una escena de cómo el tiempo se encarga de destruir algo. Un bote siendo destruido lentamente por el río sobre el que ruidosamente surcaba sus aguas, claro que el bote, para entonces había sido devorado por el río y ya no quedaba nada de él. Era el lugar elegido para el holocausto. (Leer entrada)
Descendí las escaleras que me llevarían a ese lugar.

Crucé el túnel de árboles para llegar a orillas de ese río.



    Llegué a ese lugar, era silencioso todo, no había personas tampoco, los únicos ruidos las hacían las aguas siguiendo su largo camino, y el canto de las aves.


    Saqué los objetos, los coloqué unos encima de otros, por alguna razón, no sentí ningún tipo de tristeza que me embargara al tocarlos, ni se me ocurrió ni tuve ganas ni ánimos de leer por última vez las palabras de las cartas y tarjetas, ni siquiera un vistazo de despedida, fríamente los coloque en el suelo, saque la botella de gasolina, los rocié, y torpemente le prendí fuego sin tomar una distancia considerable, pues una columna de fuego ascendió tan alto y tan rápido, que me terminó quemando parte del cabello, felizmente solo fue eso, el olor a cabello quemado pronto lo sentí fuerte, y las cosas, aquellos objetos los vi quemarse, consumarse, devorados por el fuego purificador, no tuve ningún remordimiento verlos arder, sentí la satisfacción de un pirómano al ver como el fuego se nutría de aquellos objetos malditos, volví a echar gasolina, no iba a dejar que el fuego perdonara ninguna parte, no iba a descansar hasta verlos hechos cenizas, hasta que el fuego me libere de lo que tanto daño me había hecho.

    Volví a echar más gasolina, aun cuando todo ya estaba carbonizado, deseaba ver arder a las propias cenizas, no sea que alguna especie de ave fénix resurja de ellas.

    Al fuego sobrevivió una estatua de cerámica, y un medallón metálico, y como el fuego no bastaba para destruirlos, los arrojé al rio, como un tributo más a él.



    Luego de tan acto liberador, regresé a casa, por el mismo camino por donde vine, pero esta vez con una gran paz, y una sonrisa de satisfacción que cualquiera que me haya visto aquel día, no lo habría entendido. Al fin había puesto el ansiado punto final a esa historia. Al fin mi alma estaba libre para amar de nuevo.




domingo, 6 de octubre de 2019

ESTRELLA MORIBUNDA


 

   Hace ya mucho que ha desaparecido, la estrella que juntos descubrimos, mientras tumbados sobre el frío suelo de agosto, acostados en la arena uno al lado del otro en contemplanza del firmamento, y vaciada una botella de vino, miraste hacia un punto de aquel cielo, hacia la profunda obscuridad que reinaba, dijiste mirar la estrella más brillante de aquella noche, de hecho la única cuya luz pudo atravesar aquellas tinieblas que cubrían al resto de estrellas, y era centelleante y muy opaca a la vista; dijiste que la mirase, y así lo hice, no fue tan difícil ubicarla, puesto que era la única estrella que podía verse en aquel cielo sobre una ciudad que lucía en llamas.
Es –– me dijiste –– Como nuestro amor en este momento, luchando contra la obscuridad, apenas visible, solo el vestigio de lo que un día fue, como cuando te conocí, nuestro amor era como un sol que todo lo iluminaba, nuestro amor brillaba tanto que enceguecía a quien lo viera, e incineraba a quien se lo atravesara, vencía hasta a la tiniebla más densa, como cuando el día vence a la noche obscura y fría en cada amanecer; nuestro amor era tan intenso que incluso nos quemaba, y alimentaba el fuego de nuestros corazones, ponía en marcha el motor de nuestras pasiones, y daba vida y sentido a esos seres que ansiosos de amar y ser amados que nosotros éramos, su incandescencia era más que suficiente para dar calor a nuestros momentos más gélidos, nada nos detenía, brillábamos tanto que a donde fuera que íbamos, todos volteaban la mirada hacia nosotros y en sus ojos se les vía decir: “Cuando amor desprenden de entre sus corazones”Ahora no hay palabras para describir lo que queda de ella, es como si sobre nuestro sol acontece un eclipse que no termina, o se ha convertido ya en una estrella moribunda como la que vemos en el cielo a la que tenuemente y con esfuerzo podemos ver, es lo que queda de lo que fue.
   Aunque no lo quise admitir, tenías razón, hacía mucho que nuestras salidas y paseos se habían vuelto más un acto protocolar, como aquella noche, ya no había nada de qué hablar, cualquier cosa del presente era tocado con indiferencia, los silencios eran incómodos, se sentía que hablar era molesto, el futuro no era un tema de conversación que quisiéramos tocar, ya el pasado era cada vez una infinita e ineludible fuente de discusiones y conflictos que a nada llevaban mas a que a erosionar lo que quedaba de nosotros, era mejor evitarlo para no arruinar el momento.

   Y aunque fue buena la idea de amenizar el momento con una botella de vino, ésta aunque dulce y agradable al paladar, beberlo no me generaba el mismo placer que antaño como cuando era parte de un momento romántico, en ese instante no pensaba más que en embriagarme con mucho alcohol para al menos sentirme un poco mejor, pero una botella resultaba apenas un sorbo para lo que ansiaba beber.

   Ya nada había para que lo nuestro sea salvado, el vino se había acabado, el último cigarrillo había sido quemado, la llama del amor ya sofocado, y nuestra estrella estaba cada vez por la obscuridad opacado.

   Y el destino quizá trató de intervenir a nuestro favor, en forma de la sorpresiva aparición de una anciana vendedora ambulante de rosas rojas, que se animó a recorrer la obscuridad del lugar, entendiendo que aquel paraje era ideal para potenciales compradores, y al vernos allí juntos se nos acercó en silencio, amablemente nos saludó, y ni con sus bellas palabras elogiando el amor y el simbolismo que una rosa roja representaba bastó para que algo en nosotros volviera a encenderse, ni su vano intento de apelar a nuestras emociones por su necesidad de llevar algo a su hogar nos persuadió para que le compráramos una flor, y cuando entendió que nos incomodada mientras ambos mirábamos a diferentes direcciones mientras todo el tiempo aquella anciana nos hablaba, nos despidió con la misma amabilidad, y deseándonos lo mejor continuó caminando por el lugar en busca de alguna pareja enamorada para quien si valiera la pena comprarle una rosa.

   Hasta aquella vendedora desconocida pudo notar que si algo alguna vez brilló entre nosotros se había apagado, y si la hubiéramos mirado a los ojos, tal vez habríamos visto en su mirada, la lástima que ella sentía hacia nosotros, al notar nuestra indiferencia y frialdad mutua, ella, que en su oficio de vender rosas rojas a tantas parejas enamoradas, veía que entre ambos el amor ya no era más que una palabra, y el fuego que es evidente en parejas enamoradas aquella anciana ya no lo percibió entre nosotros.

   Creo que ya todo era obvio, ya todo se había acabado, era necio continuar con una farsa de apariencias, tu tomaste la iniciativa esta vez, te pusiste de pie y te fuiste sin decir más que un adiós, y a mí, no se me ocurrió algo más que decirte: 
“Creo que ya nunca volveremos a vernos, cada quien debería seguir su camino, te deseo lo mejor”
   En la obscuridad te vi caminar, alejándote de mí, sin voltear a mirar atrás, era evidente que te hubiera gustado irte corriendo, pero solo caminaste a paso firme, mientras observaba a tu silueta alejarse hasta llegar hasta la zona iluminada y perderte de vista mientras te alejabas; mientras yo me quedé en la playa pensando y sorprendiéndome del nulo remordimiento que sentía, la liberación de salir de una relación vacía que en su momento fue tan intensa y cegadora como el sol en el cielo, y del que ahora quedaba solamente aquel astro decadente que con dificultad brillaba en ese momento en el cielo.

   Busque en el firmamento aquella estrella tenue, pero ya todo el cielo se había obscurecido aún mucho más, ya no se veía nada, la obscuridad era total, sí, la densa niebla obscura lo había opacado hasta no hacerla visible, pero creo que al final de cuentas, hacía ya mucho que había desaparecido la estrella que juntos descubrimos.

sábado, 17 de junio de 2017

UN CHICO EN LA OTRA ORILLA



Caminando solitario por la orilla del río, en un día de nostálgica tarde, me adentré por senderos poco recorridos, y avanzando por la orilla derecha del río iba siguiendo su cauce, siguiendo la corriente, respiraba el mágico viento de una tarde soleada, escuchando el canto de aves e insectos que manifestaban de su existir al creador, y al divisar a la orilla opuesta, caminando a un joven veo por allí, en medio del bosque, por la orilla igual que yo, sin rumbo, pero serio, meditabundo, con una mirada fija en alguna cosa imaginaria en el inmenso cielo y camina, sereno, pensativo, le sigo con la mirada ocultándome entre los arbustos, y le veo llegar a una playa de arena en una curva del río, ¿cómo demonios llegó ahí?.
Ya en esa playa de arena ribereña, le veo caminar en círculo, va y viene dentro del área de aquella playa, y a pesar que nos separa el ancho río, puedo ver algo enigmático a ese joven, y a la vez un magnetismo extraño hace que sea inevitable quitarle la mirada a la distancia, y de lejos lo comienzo a observar, me oculto entre la maleza, y él, concentrado en no sé qué pensamientos de ir y venir, seguramente no notara mi presencia.
Y lo observo, a pesar de la distancia que nos separa, noto que es joven, delgado, aparenta por lo menos 24 años, tez blanca, tiene abundante cabello, con un flequillo tapándole la frente, el cabello le cubre las orejas, muy atractivo de rostro, viste un polo blanco, un jean azul desgastado, está descalzo, tal vez para poder sentir la playa bajo sus pies. En un rincón de la playa logro ver un bulto que resalta de la gris arena, diría que es su mochila, y sus zapatillas que se sacó para sentirse cómodo en esa playa.
Ahora que observo con más detenimiento, esa playa donde él se halla, me resulta muy familiar, a mi mente arriban recuerdos que hallo inexplicables, de algo haberlo vivido, pero recuerdos que son alegres momentos, los más de mi infancia y muy memorables, pero que al evocarlos al presente, trae consigo la nostalgia de ver idos esos felices momentos.
Y una lágrima desciende por mi mejilla derecha. Y continúo observando al jovenzuelo de la orilla opuesta.
Sigue allí en su ir y venir, caminando en grandes círculos sobre la arena, absorto, sumido en lo que parece un trance, su semblante muestra gran preocupación, luego se detiene, está quieto, mira al suelo a un punto fijo, comienza a dibujar algo al aire con el dedo índice mientras murmura, diría que hablando en voz baja, como para sí mismo.
Luego, como si en un sueño habría estado, despierta, toma conciencia de dónde está y camina buscando algo en la playa, fija su mirada en algo que está en el suelo, lo levanta, era una roca, lo coge y con fuerza lo lanza al río, veo la roca atravesar en su trayectoria parabólica el espacio, luego de su máximo ascenso, se precipita, cae al río, y chapotea en el agua, observo los anillos de la onda expansiva crecer y desparecer en la corriente del río.
Aquel chapoteo en el agua, trae a mi mente el recuerdo del efecto que produce algo que cae al agua, el mismo que hacen los peces cuando atrapan algo que sobre la superficie va flotando, y recuerdo los días en que hacíamos salidas de pesca con mis amigos en la canoa de mi tío, a relajarnos, como un juego en tardes de aventura, íbamos luego de planearlo durante la semana.
Número 01 y número 02: Her y Julio, si, aquel dúo con el que crecí, y juntos planificábamos nuestras excursiones, aventurescas salidas de pesca con más o menos 3 días o una semana de planificación anticipada, íbamos planeando los detalles: qué llevar, y qué hora salir para llegar a en el mejor momento, y sobre el mejor lugar a donde iremos.
Comprábamos cigarrillos (infaltable), una cajetilla de 20 unidades, algo de comer, hilo de pescar, y tripas de pollo para nuestra carnada.
Luego simplemente llegábamos, nos reportábamos a mi tío, nos prestaba la canoa e íbamos a explorar el rio, sea aguas arribas o aguas abajo, buscando el lugar más tranquilo y el más apartado posible para pescar, en este lado del río o en la otra orilla.
Aunque no importaba si atrapábamos o no algún pez, la pasábamos genial, recuerdo que yo nunca pude pescar ninguno en aquellas salidas, y mis dos amigos no pescaban más que uno pequeño, y solo uno de ellos a la vez, que no eran por cierto grandes ejemplares como el de uno experto en la pesca. Pero una victoria, un trofeo al fin, quizás una victoria pírrica, no importaba los peces atrapados, importaba los momentos que quedaron en nuestro recuerdo, estampados hasta la posteridad de nuestros días.
Creo que nuestro fracaso en la pesca era, porque pasábamos la mayor parte del tiempo conversando sobre trivialidades de adolescentes, y ya viendo que el tiempo pasaba sin pescar ni un solo pez, solíamos decir: “Ya, silencio para poder pescar”.
Aquellos silencios eran efímeros, su brevedad era plausible, de escasos minutos su durabilidad, luego surgía una idea, un evento, algún suceso que hiciera romperlo, y la conversación reanudaba, y aunque en voz baja, no dejábamos de comentar sobre nuestras ideas y aquel o aquello.
Pero estando en la canoa, además, no dejábamos tampoco de fumar los cigarrillos que llevábamos, la paciencia no era virtud de ninguno, y el aburrimiento se hacía presente al no pescar nada a medida que la tarde transcurría, y llenos de impaciencia movíamos el anzuelo muy frecuentemente, no faltaba momentos en que los peces eran más inteligentes que nosotros porque se comían la carnada, sin llegar a morder el anzuelo, y cuando lo sacábamos del río para verificar que todo siguiera bien, veíamos el metálico anzuelo, sin la carnada inicial, ni pez que lo haya mordido. Rayos, que pésimos pescadores éramos.
Aún para coronar nuestras aventura, a veces no faltaba que de al menos a uno de nosotros, el anzuelo se le quedara enredado entre las palizadas del fondo del río, si había suerte lo lográbamos sacar, sino había manera, recurríamos a cortar el hilo, resignándonos a perder el anzuelo, y debiendo conformarse el desdichado, a contemplar a los otros dos en su intento de seguir pescando, sea echándose en lo orilla fuera de la canoa, fumando un cigarrillo, observando el río correr, a las nubes crear formas abstractas sobre el celeste firmamento, o la copa de los árboles, escuchando el cantar de aves e insectos, todo matizado por las refrescantes brisas de la tarde sobre el río Mayo… Sí, eran momentos felices.

Regreso en sí, de mis recuerdos a la realidad, y sigo observando a ese chico, lo veo pensativo otra vez, inmerso en sus dubitaciones como si hubiera retornado nuevamente de sus cuestiones filosóficas, o lo que en ese momento le preocupaba solucionar. Parecía que nuevamente él volvía a entrar en sí, como si hubiera estado sumergido en un sueño y abruptamente al despertar, tomara conciencia del lugar donde se hallaba.
Ahora, esta vez parecía inquieto como si deseara descargar emociones fuertes que le presionan el pecho, y con el pie derecho, pateó la polvorienta arena seca de la playa, la cual con el viento, se elevó y creo una pequeña cortina de polvo que con el viento fue llevado como una blanca neblina que se iba desvaneciendo poco a poco cada vez mientras más lejos iba.
Y le vi acercarse a sus pertenencias, buscar algo, estaba de espaldas hacia mí, le vi rebuscar en su mochila, al parecer debido a no encontrar lo que buscaba, empezó a sacar cosas que guardaba dentro: una gorra, una libreta marrón, un balador, algunas bebidas, y luego, pareciendo haber encontrado lo que buscaba, volvió a guardarlas todas en su mochila. Con ese “algo” en la mano, se puso de pie, y nuevamente caminó hacia el río, ese “algo” al parecer, no era más que un cigarrillo, y le vi pasar la longitud del mismo por la nariz, aspirando su aroma mientras cerraba los ojos, parecía que le agradaba sentir el olor de aquel cigarrillo, y luego de haber disfrutado de aquel evidente agradable aroma, se lo llevó a los labios. Y me pude percatar además de que aquel chico, era poseedor de unos gruesos labios carnosos.
…Ver el cigarrillo hizo arribar a mi mente aquellos recuerdos en cómo iniciamos nuestros vicios, nosotros tres…
Desde niños teníamos curiosidad por fumar cigarrillos, la curiosidad nació desde que veíamos a casi todos los adultos a nuestro alrededor hacerlo.
La curiosidad de un niño es infinita, no conoce límites.
Recuerdo que cuando era niño, tenía tanto interés de probar los cigarrillos al ver que en todas las fiestas, todos, o casi la mayoría de adultos lo hacían. En realidad de niño, siempre tuve dos curiosidades respecto a lo que solía observar como un ritual común en las fiestas sociales: Beber alcohol, y fumar cigarrillos.
Mi curiosidad por el alcohol fue fácilmente aplacada, yo siempre, en toda fiesta social a la que acompañaba a mi madre, le manifesté a todo aquel adulto al que veía beber alcohol (cerveza), que quería probar aquello que los adultos bebían, y que a los niños les era negado, algunos quizás sorprendidos por la insolencia de un niño que quería tomar a tan corta edad el alcohol, me negaban hacerme beber un sorbo de su vaso, y otros, pocos pero alguno, compadeciéndose de un niño curioso, o quizás alguno siendo consiente que para un niño el sabor de la cerveza le resultaría tan desagradable que perdería ya, las ganas de tomarlo, lo hacía. Así, pues, al probarlo y sentir lo amargo que era, mi curiosidad por el alcohol fue anulado por aquella experiencia. No tenía un sabor dulce como el chocolate caliente, o un refresco o una bebida inofensiva de las que había tomado ya, y cuyo sabor era agradable al paladar.
Pero en el caso de cigarro, esta vez ninguno de ellos, ni siquiera quienes me habían hecho tomar la cerveza de su vaso, me permitían siquiera que probara la nicotina, ni siquiera una jalada del humo que todos exhalaban de los pulmones.
Pero el que todos se negaran a permitirme fumar el cigarrillo, hizo que mi mente buscara maneras de saciar mi curiosidad, sea como fuere, mi ingenio era entonces muy superior a lo que lo es ahora, una lástima, y comencé a observar el entorno, y pude notar un detalle que podría permitirme fumar de un cigarrillo, pese a la negativa de aquellos adultos de doble moral.
Recuerdo haber observado que cuando alguien estaba a punto de consumir el tabaco de su cigarrillo, lo botaba al piso aún prendido, algunos, al arrojarlo, con el pie lo aplastaban hasta apagarlo, y otros solamente lo botaban al piso aun prendido y con un poco de tabaco que se podía aún fumar. Entonces, un día estuve atento a que alguien arrojara su cigarrillo encendido para ir tras él, recogerlo, y al fin saciar mi curiosidad.
Y tal cual lo previsto, alguien lo hizo, y yo, inmediatamente, temiendo que se apagara antes de llegar a él, corrí y lo encontré en medio de las hojas secas que aún estaba encendido, yo lo junté y jubiloso de al fin podría sentir lo que todos sienten cuando fuman un cigarrillo, me emocioné, ¿qué placer podría haber en inhalar el humo de aquella cosa?, ¿por qué todos parecían disfrutar de aquello? y aún lo estaba dirigiendo hacia mis labios cuando de pronto sentí sorpresivamente que una mano me detenía sosteniéndome el brazo donde tenía el cigarrillo, y con la otra mano, me lo quitaba y lo arrojaba muy lejos. Yo, sorprendido, miré alrededor mío, veía que todos me estaban observando, diría que todos estaban admirados de la osadía e insolencia de un niño que quería fumar a tan corta edad. Y fue quizás tratando de evadir aquellas miradas inquisidoras cuando decidí mirar hacia quién era quien me sostenía y frustró mi intento de fumar a tan cerca de haberlo logrado, al levantar la mirada, era mi madre. No recuerdo si fui regañado, o me aplaudieron por mi curiosidad, lo cierto es que mi madre debió haber dicho algo a todos ellos, para que a partir de aquel momento todos se aseguraran de apagar su cigarrillo antes de arrojarlo.  Mi plan de experimentar lo que era fumar, quedó frustrado en ese entonces.
No fue hasta crecer un poco más, con cerca de ocho o los once años, que con mi primo intentábamos crear nuestros propios cigarrillos con las hojas secas de las plantas de Tabaco que por ese entonces crecían en el jardín de mi casa. Ya que no podíamos comprar cigarrillos industriales, nosotros elaborábamos el nuestro, teniendo ya el tabaco seco a nuestro alcance, solo quedaba enroscarlo en forma de cigarrillo, así que con una hoja arrancada de nuestro cuaderno de escuela envolvíamos el tabaco en él. Hacíamos el intento de succionar el humo de aquellos cigarrillos artesanales, el humo del papel de cuaderno quemado y el tabaco seco era muy desagradable, nos dejaba un muy amargo sabor en la boca, y era debido a, según asumimos, que aquel cigarro hecho por nosotros, no era igual al que se vendían en las tiendas. No es de sorprender que muchas veces fuimos sorprendidos por algún adulto y esta vez sí fuimos castigados por aquella osadía, y nos prohibieron el volver a hacerlo.
Edgar, un primo ya mucho mayor que nosotros, que sospechábamos que ya había empezado a explorar muchos más placeres de la vida que para nosotros a tan corta edad eran impensables, fue quien tuvo un papel protagónico en que nosotros tres aprendiéramos a fumar. Él tenía cigarrillos, el siendo ya mayor, los conseguía con mucha facilidad y fue con quien íbamos a que nos enseñara a como fumar, a como “golpear”. Solíamos visitarlo a su casa, él nos hablaba de música y escuchábamos de sus aventuras, sus proezas sexuales que nos dejaba absortos y que eran quizás, ahora analizándolo en retrospectiva, posiblemente exageraba demasiado para ganarse la atención de unos ingenuos niños. Nosotros pues, íbamos a la terraza de su casa y estando al aire libre y en horas de la noche, quedábamos bajo el firmamento esmaltado de estrellas, y así,  mi primo, Julio, y yo, nos sentábamos en media luna frente a Edgar quien, demostrativamente y explicando, iba paso a paso mostrándonos el bohemio y ancestral arte de fumar cigarrillos, esta vez, eran cigarrillos de verdad, y él tenía bastantes, como para que cada uno aprendiera con el suyo propio. Luego de haberlo observado, y escuchado sus instrucciones atentamente, tocaba a nosotros el intentarlo.
El primero en hacerlo fue Julio, tomo un cigarrillo, lo llevó a sus labios, lo encendió mientras yo y mi primo, lo observábamos nervioso, lo prendió sin dificultad. Muy bien – Le dijo Edgar – Ahora es el momento de Golpear con los pulmones.
Vimos a Julio, succionar el humo en la boca, y luego aspirar el humo del cigarrillo como si estuviera dando un largo suspiro… Al haber hecho eso, se le hincharon los ojos, miró al cielo y tosió como nunca en su vida lo había hecho y nunca en mi vida vi a alguien toser de esa manera tan desesperante, era como si se hubiera estando ahogando, como si el aire le faltaba, nosotros con mi primo le miramos espantados, creíamos que era el fin de nuestro amigo, y buscando que Edgar lo Auxiliara o nos dijera que hacer con Julio, sin embargo Edgar solo se reía mucho y solo decía – “Muy bien, muy bien carajo, eso es golpear, así se fuma.”
En mis recuerdos, mirando a las personas fumar, a ninguno les había pasado algo similar, siempre les veía tan natural fumar, como el mismo acto de respirar, creía que algo malo había hecho julio, o es su defecto, esos cigarrillos tenían algo muy diferente. Julio se ahogaba, le vi retorcerse de dolor, se apretaba el vientre, tosía muy fuerte, le vi escupir, casi querer vomitar, y poco a poco, iba restableciéndose, su respiración volvía a la normalidad, los ojos le comenzaron a lagrimear, se puso muy colorado, y luego le veía reír.
Luego dijo Julio que se sentía muy mareado, que la cabeza le estaba comenzando a doler, y a dar algo de vueltas. Edgar dijo que eso era normal.
Luego fue el turno de mi primo, pero él mucho más cuidadoso aspiró poco humo, “golpeó” y tosió muy fuerte, aunque menos que Julio, siempre cauteloso, fue más moderado su toser.
Luego los tres me miraron y supe que era mi turno de fumar. Yo, algo asustado por lo que vi anteriormente, me empecé a desanimar, luego, mi típico instinto de autoprotección, me dictó a decir que ya no quería, sin embargo, la fuerza opuesta, el de la curiosidad, actuaba como una pequeña voz interior que me incentivaba a continuar, así que aunque dudándolo dije que mejor ya no quería hacerlo, entonces, no recuerdo si fue Julio o Edgar quien lo dijo, pero escuché a alguien decirme: ¡¡¡FUMA MIERDA!!!, y eso me motivó finalmente a no quedarme atrás, e hizo que succionara el humo del cigarrillo.
Edgar me dijo: “Aspira profundamente”. Al hacerlo, sentí que un cuchillo se clavaba en mi pecho, era el humo entrando en mis pulmones y con mucho dolor, tosí igual que todos, mi reacción fue similar a la de Julio, mareo, nauseas, asfixia, como si una mano invisible me estuviera impidiendo respirar, era la primera vez que mis pulmones eran invadidos por el humo de cigarrillo.
Luego sentí un mareo, que hizo que me tumbara y dejara caer en el piso, observado las estrellas lejanas, en el inconmensurable espacio al que mi mirada apuntaba.
Le dije a Edgar ¿Cómo le puede gustar tanto a la gente esto?, él me dijo, “Ya te gustará”, y tuvo razón.
Regreso a la realidad, a la orilla del río, escuchando el sonido del agua correr, y continúo mirando al joven en la orilla opuesta, y miro que va fumando su cigarrillo, pero noto algo diferente, un detalle, yo que he fumado mucho, sé que un cigarro se va consumiendo lentamente, a comparación con el que ese chico estaba fumando. Veía que lo que él iba fumando, iba quemándose más rápido de lo que se esperaría que se quemara un cigarrillo normal, y que decir de la cantidad de humo que botaba el cual era muy abundante, no solo eso, aquel joven lo iba fumando de una manera muy rápida y casi precipitada, como no queriendo desperdiciar nada del humo que de aquel cigarrillo suyo salía.
Ya desde mis 14 años era un fumador recurrente, y sabía por propia experiencia que un cigarro de tabaco no se quema con tal rapidez, y no bota tanta cantidad de humo, y tampoco se fumaba una pitada tras otra sin descanso, como si no se quisiera desperdiciar nada del humo que de ese extraño cigarrillo salía. Yo sabía que era desagradable y hasta doloroso hacerlo en intervalos de tiempo tan cortos… Solo existía una explicación a aquello, basada también en mi propia experiencia; no era de tabaco el cigarro que iba fumando, me dije en sí, es de otra cosa…
Había escuchado desde siempre una palabra algo extraña, una palabra que era mencionada con cierto temor, recelo y envuelta en obscurantismo, una palabra algo exótica en el vocabulario cotidiano, y que casi la mayoría temía mencionarlo muy fuerte; una palabra que al ser pronunciada pareciera evocar o hacer referencia a una especie de deidad enigmática o algo con propiedades mágicas o sobrenaturales, una palabra cuya pronunciación y sonido hacía pensar que se trataba de algo de origen extranjero y hasta prohibido: MARIHUANA.
En el colegio escuchaba que los profesores decían aquello era malo, muy malo, malísimo, y sin embargo conocía a algunos estudiantes que lo consumían, pero yo sugestionado por el adoctrinamiento de los profesores del colegio, me había auto prohibido (sin haberlo probado) esa sustancia, por tanto no me había nacido ni la curiosidad ni la intención de probarla, ya que aquellos quienes sabía que lo consumían, eran estudiantes que estaban involucrados en vandalismos y pandillas callejeras. “Son Drogos” pensaba.
Habiendo entrado ya en mi etapa universitaria, veía que estudiantes que no eran violentos ni delincuentes, eran consumidores frecuentes de la marihuana, eran estudiantes con un carácter amable y pacífico, no eran antisociales y a diferencia de los que conocía que lo fumaban en el colegio, estos si tenían metas, sueños y eran chicos de los cuales se podría esperar muy optimistamente un futuro muy prometedor, que serían además muy útiles a la sociedad, a diferencia de los fumones de mi etapa de colegial, y aconteció pues que un paradigma estaba sufriendo en mí una gran paradoja.
¿Qué es bueno y qué es malo?, sin querer algunos de esos jóvenes, se hicieron amigos míos, los iba conociendo y no parecían ser los típicos delincuentes que estereotiparon los profesores de mi colegio respecto a los que se veían involucrados con la marihuana, pero sin embargo, a pesar de llamar a muchos de ellos mis amigos, no sentía en mi ninguna necesidad, ni ganas, ni la curiosidad  de preguntarles sobre la hierba, o siquiera sugerirles que yo quería probarlo, ellos, siendo muy conscientes de mi opinión al respecto, siempre me respetaron y ninguno intentó hacerme consumir en contra mi voluntad, ni siquiera el grupo intentó ejercer presión sobre mí, eso hizo que yo los respetara mucho más, y siguiera considerándolos mis amigos.
Y continuaba así mi vida, sin consumir drogas ilegales.
Y debido a mis deberes universitarios, me alejé durante mucho tiempo de mi primo, y Julio se fue de la ciudad, cada uno de nosotros entonces comenzó vidas paralelas, hasta que un día, después de un prolongado distanciamiento con mi primo, en medio de una conversación, descubrí que él ya era un consumidor de marihuana. ¿En qué momento pasó?, él lo descubrió por su cuenta, entonces por primera vez tuve en mi la curiosidad, y le dije a él, que también yo quería probarla.
Julio por ese entonces había regresado a la ciudad, luego de años sin haberlo visto, y nos comentó que en todo ese tiempo que estuvo lejos, tampoco había fumado la maría, y por eso también tenía curiosidad de probarla. Nuevamente el trio con el que comenzamos a explorar lo desconocido había vuelto a ser juntado por el destino.
El problema era conseguirlo, mi primo felizmente, ya sabía cómo hacerlo, él fue quien se encargó de aquello, así que quedamos en ir a un lugar apartado, tranquilo y seguro para en ese lugar experimentar el efecto del Tetrahidrocannabinol por primera vez;  la vereda de nuestro colegio en la  noche fue el lugar escogido.
En aquellos tiempos, nuestro colegio se hallaba casi a la periferia de la ciudad, había una calle ancha con árboles a ambos lados que cubrían de sombras las vereda en las noches, brindándoles una obscuridad que nos era propicia, además, debido a la escaza iluminación de aquella calle, era poco concurrida en las noches, y cualquiera que casualmente caminara por esa calle, no podría distinguir algo que pudiera haber en las veredas del colegio protegidas por las densas sombras que causaban los árboles de pomarrosa, sumado eso a la poca iluminación del lugar por entonces, era el lugar perfecto.
Y fuimos allí, los tres, sentados en aquella vereda, algo nerviosos por una que otra persona o moto que circulaba por la calle, prendimos unos cigarrillos que habíamos llevado y comíamos algunas golosinas para mitigar los nervios, mientras mi primo comenzaba a armar el troncho y luego fue quien lo encendió y primero lo fumó, luego, aun encendido, se lo pasó a Julio, y como siempre me lo pasaron a mi sin tanto dramatismo.
Mis expectativas aquella primera vez fueron rotas, esperaba tener alucinaciones fantasiosas, volar por los aires, ver colores y tener algún tipo de experiencia extrasensorial o hasta psicodélica, y cosas así, que era común escuchar decir a muchos quienes supuestamente decían haberlo fumado, y que luego entendí que solo eran charlatanes. Pero nada de eso pasó. Recuerdo que no tuve ni sentí nada novedoso en mí, Julio se quedaba observando un árbol y él decía que estaba esperando ver algo, decía cosas como “Oigan es normal o me parece que aquella sombra se está moviendo”, y yo le preguntaba a mi primo, ¿Qué se supone que debo sentir?, mientras él parecía estar en otra dimensión, riéndose de algo y mirándonos a nosotros que estábamos confundidos por no sentir nada diferente aún, y regresé ese día a casa luego de esa primera vez, decepcionado. Luego supe,  que al fumar marihuana por primera vez nadie siente nada diferente, habría que esperar fumar dos veces más, para sentir los espectaculares efectos del THC, interactuando con mi cerebro, y como siempre, tuvieron razón.
Desde el día en que pude sentir los agradables beneficios relajantes y potenciadores sensoriales de mis cinco sentidos que marihuana estimulaba, me volví más introspectivo, más abierto al mundo, mis paradigmas fueron destruidos con contundencia, y diría que me iba volviendo cada vez una mejor persona, me comencé a dar cuenta de los errores de mi personalidad, comencé a verme a mí mismo a través de los ojos de un observador, y poco a poco iba evolucionando como persona, llegaba a un estado de introspección y de conciencia que era muy difícil o hasta imposible llegar de manera natural, y en ese estado, como un trance consiente, tomé muchas decisiones y abandoné muchas ideas arraigadas que tenía en mi desde muy niño, que quizás me han imposibilitado alcanzar algún tipo de felicidad en mi vida. Desde entonces, mis mejores meditaciones e ideas, fueron logradas bajo el abrigo de la marihuana y el estado al que ponía a mi mente para ponerme frente a revelaciones de mi propio yo, que hasta eran desconocidas para mí mismo. Cada vez que yo requería encontrar respuestas a algo, y estaba tan preocupado, estresado como para concentrarme en meditar, recurría a la marihuana para alcanzar la serenidad y por fin ayudar a mi cerebro a concentrarse y relajarse para ayudarme a pensar con mayor claridad, y luego de haberlo fumado, me encontraba muy en paz, sereno y tranquilo.
Volví yo en sí, y veía a ese chico muy en paz, sereno, tranquilo, quizás gozando de los efectos, ya sin ese aspecto de alguien preocupado e inquieto por pensamientos tormentosos que anteriormente quizás le habían estado aturdiendo, y en su semblante vi regocijo como si sus problemas que le sumían en pensamientos se hubieran hecho humo, podía vislumbrar una leve sonrisa en su rostro, una agradable sonrisa de satisfacción, ya no era el mismo que estaba inquieto, ahora lucía con la serenidad propia de alguien que solo conoce amor y paz en su vida, y de pronto sucedió que le vi levitar, alzarse por el aire, desafiar la gravedad, miraba hacia un punto lejano del horizonte con la mirada fija, y repentinamente giró la cabeza y comenzó a mirar hacia donde me encontraba yo, parecía que ya había notado mi presencia, y me inundé de temor, el temor similar al que siente una presa que al ser descubierta por la fiera de la cual se escondía. Solo que mi temor era una suma de miedo y espanto, pues no parecía ser alguien común, porque este venía acercándose a mí por los aires, flotaba en el aire y venía atravesando, sobre las aguas el rio con un rostro apacible y los brazos en los bolsillos, despreocupado pero mirando hacia donde yo estaba, era evidente que venía hacia mí. Una fuerza invisible inmovilizó mis miembros que me impidió salir corriendo, y estaba asustado, aterrado, mi instinto de supervivencia me incitaba a huir a correr con todas mis fuerzas, pero una fuerza opuesta me detenía, diría que aquel joven me había inmovilizado, y lo veía acercarse más y más, y mientras la distancia entre nosotros se reducía, pude ver con más claridad a medida que se acercaba, de sus rasgos faciales. Es más atractivo de cerca, su cabello brillante adquiere un tono rojizo oscuro con el sol, su rostro tiene lunares, uno en su mejilla derecha, otros tanto en su cara, y cuello, creo que se me hacía alguien muy familiar.

Y entonces me di cuenta que todo este tiempo me estaba observando a mí mismo.